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Juliana Ramírez Prado - jramirez@larepublica.com.co sábado, 24 de septiembre de 2016

Son muchos intentos fallidos y hoy por fin se ve la luz de una nueva Colombia. Como lo mencionó el presidente Juan Manuel Santos, “ya hay un conflicto menos en el mundo”  y  así se lo reconocen sus pares en la región y en el mundo.

Fueron cuatro años, en los que sin interrupciones, los negociadores cedieron y pactaron seis puntos. Y eso solo fue posible, entre otras, porque la contraparte quiso sentarse en la mesa. 

Aunque se debe reconocer el ambiente de reconciliación que profesan hoy políticos condenados por delitos como cohecho y de los exjefes paramilitares acusados de crímenes más graves en Colombia y en Estados Unidos, el tren de la paz y de la justicia transicional a la que les gustaría acogerse, tiene sus límites. Especialmente, porque a muchos de ellos los capturaron con pruebas contundentes y no tuvieron la voluntad de negociar o entregarse.

Respecto a los que están condenados bajo la Ley de Justicia y Paz, eso fue lo que acordaron en su momento y deben atenerse a ello. Deberían, mejor, pensar en enviar una misiva dirigida a toda Colombia, comprometiéndose a no volver  a reincidir, porque si algo está claro es que los paramilitares no se acabaron sino que migraron a otro calificativo: Bacrim.

Es deber de todos los colombianos que el proceso de paz con las Farc funcione. No se debe dar la espalda a la reintegración, de todos dependen que esas personas que tienen un fusil como estilo de vida, se conviertan en ciudadanos de bien y sobre todo, que no migren a otros grupos ilegales.

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