Luis Alberto Montezuma Viernes, 13 de febrero de 2015

Por ejemplo, contamos con contraseñas intangibles para acceder a los correos electrónicos o adoptamos medidas de seguridad dirigidas a impedir el acceso de personas no autorizadas a los hogares. Sin embargo, ahora nos encontramos ante el desarrollo de aparatos tecnológicos diseñados para realizar tareas de vigilancia sobre nosotros. Los ‘drones’ son un ejemplo de esa nueva realidad.

Los ‘drones’ – vehículos aéreos diseñados para ser usados sin pilotos a bordo, controlados electrónicamente a distancia y equipado con cámaras, micrófonos o sensores- son aparatos que están siendo utilizados para diferentes propósitos, por ejemplo, video-vigilancia sobre ciudades y aglomeraciones de personas, dirigir el trafico, transporte de mercancías, inspección y mantenimiento de infraestructuras, y especialmente para uso militar.

En este punto, nosotros no deberíamos desconocer la obligación del Estado de garantizar la seguridad de los ciudadanos, incluyendo personas e intereses que se encuentran fueran de sus territorios. 

Esto conlleva por parte de las autoridades a emplear métodos, como los ‘drones’, para prevenir, por ejemplo, ataques terroristas. Sin embargo, la magnitud del impacto en la privacidad y en la protección de los datos personales se genera cuando estos aparatos monitorean nuestra esfera más intima sin nuestro conocimiento y, seguramente, invocando razones de seguridad, envían la información recolectada a un centro de control para su procesamiento. A partir de ahí, indudablemente, nosotros perdemos la llave de nuestra intimidad.

Pero hay mucho más, con el uso de los ‘drones’, los gobiernos, bajo la excusa de luchar contra el terrorismo, crean perfiles de riesgo con base en nuestros hábitos. En ese orden de ideas, el nivel de amenaza de un país va a ser evaluado teniendo en cuenta, entre otros factores, en las actividades que habitualmente desarrolla sus ciudadanos en sus hogares, por ejemplo, fiestas, practica de deportes u ocio. En ese punto se rompe, nuevamente, el derecho a la privacidad.

Otra idea aquí es la falta de supervisión del correcto cumplimiento de las normas aplicables a la información personal. Los gobiernos no están informando a los interesados bajo qué circunstancias los ‘drones’ están legitimados para colectar y tratar su información personal. Los titulares no tienen conocimiento que sus datos han sido captados hasta que se encuentran publicados en alguna página web. 

Tampoco existe una política de datos dirigida a que los titulares ejerzan sus derechos de acceso, rectificación, cancelación y oposición.

Finalmente, para concluir, nosotros deberíamos estar escépticos por el uso de los ‘drones’ por parte de los gobiernos y, más grave aún, por particulares. 

De hecho, en la actualidad, la tecnología de los ‘drones’ está siendo asequible en el Internet. Igualmente, el problema ya no es encontrar compañías como Facebook o Google vulnerando nuestra privacidad sino, por el contrario, la nueva realidad es que nos encontramos en un estado de ignorancia sin saber cuáles son los limites de los ‘drones’ y cuáles son los parámetros legales de su utilización. 

En esa medida, parte del reto a corto plazo, es exigir mayor transparencia sobre el uso de estos aparatos tecnológicos por parte de los gobiernos, y además el diseño de una política de privacidad. Solo así conseguiremos evitar caer en la falacia de ceder nuestras libertades a cambio de garantizar nuestra seguridad.