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guillermo cáez gómez lunes, 14 de enero de 2013

Después de algunos meses de haber iniciado el proceso de paz con las Farc, momentos en los que no se conoce mucho sobre los avances que llevan las mesas de negociación, donde la especulación hace parte del día a día, no nos hemos detenido a examinar si en Colombia estamos preparados para la paz.

Todos en Colombia sin duda queremos que se llegue a un acuerdo con las Farc para darle por fin punto final al conflicto armado que ya hace parte de nuestra realidad social; unos más optimistas que otros apostamos a que el resultado sea el deseado.

Ahora bien, es cierto que queremos la paz, de eso no hay duda, es un objetivo compartido con el Gobierno del Presidente Santos, pero nos hemos preguntado ¿si estamos realmente preparados para la paz?, ¿Qué va pasar con los miles de soldados profesionales que ya no serán necesarios para el combate? O ¿qué va pasar con los miles de combatientes de las Farc?

Probablemente son preguntas comunes y recurrentes entre quienes están en el Gobierno y los que no hacemos parte de él, pero que estamos haciendo no solo para firmar un papel con la paz, sino de ejercer una real solución al conflicto, desde el punto que se analice no se están haciendo grandes esfuerzos por darle una solución real al conflicto.

El conflicto nació producto de la desigualdad que se vive en el territorio colombiano, de la diferencia entre las prioridades de la agenda de gobierno y las necesidades reales de la sociedad; por ello en Colombia la delincuencia, el narcotráfico y demás fenómenos de generar riqueza por intermedio del delito se volvieron una opción de vida para más del 80% de la población, que no han encontrado en las políticas sociales una solución radical al problema de la desigualdad.

Es obvio que no es fácil en un país tan desigual de la noche a la mañana cambiar todo de raíz, pero no debemos perder tiempo si el objetivo real es acabar el conflicto y tener una paz duradera; uno de los primeros puntos que deben en los que debe darse un cambio radical es la educación y la capacidad del estado de generar personas no solo útiles a la sociedad por darles un oficio, carpintero, peluquero, electricista; sino la capacidad del estado de generar proyectos de vida y no supervivencia, porque en una sociedad en la cual el pensamiento del todo por el todo está muy arraigado la riqueza que genera el delito puede seguir siendo tentadora.

En este punto es cuando debemos tratar de organizar al estado en pro de la sociedad y evitar que los casos de frustraciones profesionales y laborales sean un índice menor y no el 80% que le toca hacer X o Y, pero lo que realmente lo motiva es otra opción de vida.

Adicional a lo anterior, debemos aprender de los errores, el fallo de la Corte de la Haya nos debe dejar varias enseñanzas, una de ellas es la real presencia del estado en todo el territorio colombiano, y a esto no me refiero solo con el control militar, sino que las políticas sociales tengan suficientes ramas como para llegar al rincón más apartado de nuestro país.

Es por eso que el llamado desde esta columna es a la reflexión sobre los cambios radicales que se deben hacer antes de firmar la paz, de lo contrario, tal como sucedió con las AUC, las Farc degeneraran en otro nombre, en el caso paramilitar ahora son Bacrim.

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