Abelardo De La Espriella Sábado, 14 de diciembre de 2013

Tenía toda la intención de escribir columnas en diciembre dedicadas a las cosas bellas de la vida. Así lo había anunciado en una de mis ñapas hace quince días. Lamentablemente, en esta oportunidad, no podré honrar mi palabra: la triste realidad de este país, me impide pasar por alto la serie de sucesos acontecidos recientemente que revisten de gran peligro el futuro de la poca institucionalidad que nos queda.

Un gobernante que desatiende todas las alertas de los órganos de control (Personería, Contraloría y Superintendencias, entre otros), que se “pasa por la faja” una decena de informes técnicos que fueron contundentes con respecto a la inminencia de innumerables daños patrimoniales y ambientales, y a pesar de ello, por sus “cojones” y por su infinita soberbia, decide implementar un sistema de recolección de basuras improvisado, que le causa un tremendo impacto ambiental al Distrito Capital de Bogotá, además de la pérdida de cerca de $100.000 millones, con los que se pudo hacer inversión social y obras de todo tipo, en un país serio, estaría preso.

Esa es la verdad: Petro, la sacó barata. En Estados Unidos lo tendrían en una celda de cuatro metros cuadrados y treinta bajo tierra. La plata pública es sagrada, y el “iluminado” de Petro creyó que podía jugar al tirano, violentando normas, desconociendo la ley y botando recursos por la alcantarilla. El sistema de recolección implementado por Petro fue un rotundo fracaso. ¿O es que acaso nadie se acuerda de las pilas de basura en las esquinas y de los camiones destartalados que importó? Ni para qué hablar del desastre en el que se ha convertido Bogotá gracias a la incompetencia de Petro: no alcanzaría el espacio.

Cuando el Procurador General destituye e inhabilita a Petro, la reacción del defenestrado Alcalde no es la de un demócrata. Lo lógico era que acudiera a las vías establecidas por la ley para atacar la decisión de Ordóñez: reposición, tutela, nulidad y restablecimiento del derecho, Sistema Interamericano de Justicia, o al “Ius Pataleus”, si se quiere, etc. Contrario a lo que debería ser, Petro procedió como un subversivo que invita a las masas a rebelarse contra las instituciones legalmente constituidas. La típica colombianada: de haber sido favorable la providencia del Procurador, Petro hubiese ponderado a Ordóñez como un adalid de la justicia; pero, como el fallo es adverso, Ordóñez es un demonio. Petro votó por Ordóñez y lo eligió Procurador, le parecía un gran jurista en ese entonces. ¡Las vueltas que da la vida!

No he estado de acuerdo con muchas de las decisiones del Procurador. Me parece demasiado ideologizada su labor, y selectivo, en ocasiones, pero, en este caso, le asiste toda la razón legal y probatoria. A mi juicio, los poderes del ministerio público son excesivos, pero hasta que no haya una reforma constitucional, Ordóñez podrá seguir ejerciendo el poder disciplinario tal cual lo ha venido haciendo. Petro no está por encima de la Constitución.

Lo más grave de todo este asunto no es la reacción de Petro, de quien al final de cuentas se puede esperar cualquier cosa. Tampoco hay que preocuparse por las manifestaciones populares: todos los que apoyan a Petro son empleados de la Alcaldía o contratistas de la misma. Cuando se acaben la plata y la comida, no quedará nadie en las plazas. Lo que realmente es desalentador son las reacciones que ha suscitado el pronunciamiento del Procurador en personas y funcionarios que están llamados a brillar por su equilibrio y objetividad.

¿Qué hace el Fiscal General interviniendo en un asunto que no es de su resorte? ¿Cómo es posible que el bocón del nuevo embajador gringo meta la cucharada también? Da grima que el delegado de la ONU opine sobre la destitución de Petro, al tiempo que ese organismo no hace nada por detener la barbarie en Siria.

Todo este “desbarajuste” institucional solo tiene una explicación: no hay liderazgo presidencial. Cuando la cabeza del Estado no controla, todo se sale de control.