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Inge Valencia Sábado, 7 de diciembre de 2013

El 5 de diciembre de 2013 marca el paso de Mandela a la inmortalidad. La ausencia de su presencia física nos invita a revisar su legado y a aplicar algunos de sus principios. En su trayectoria de vida, podemos encontrar importantes lecciones para promover estrategias que permitan superar las desigualdades sociales, y por consiguiente contribuir a la paz y a la justicia étnico-racial y de género. Destacamos dos de estas lecciones. La primera, la importancia de eliminar los privilegios raciales. La segunda, la posibilidad de convergencia en la diferencia,  y sobre todo abrirnos a  la posibilidad de pensar la reconciliación.

Para todas las naciones reconocer el sustrato racial de sus sociedades ha sido una labor compleja. En el proceso de defensa de una democracia sin privilegios raciales en Sudáfrica, en 1950 Mandela dijo:

“Yo era, en primer lugar, un nacionalista africano luchando contra una minoría que se había creído con el derecho de controlar nuestro destino. Los problemas de los sudafricanos y los africanos no eran totalmente distintos a los de otros seres humanos en el mundo. Por eso, una filosofía que explicara esos problemas a un nivel histórico e internacional era muy valiosa para mí.”

Algunos años después, en 1955 Mandela, junto a otros miembros de organizaciones políticas  de todo Sudáfrica convocan el primer congreso de los pueblos. Allí más de 3000 delegados de todo el país,  blancos, negros, indios, mestizos,  se reúnen con un sólo objetivo: emitir la constitución por la libertad, donde se reclama la necesidad de emancipación, de participación popular, y que todos los grupos de la nación disfruten de los mismos derechos. Después de pasar 27 años en prisión,  Mandela tuvo la oportunidad de salir  y hacer  lo que el mundo creía imposible: unir en un sólo proyecto nacional a opresores y oprimidos.

En un mundo racista, que  aún discrimina y oprime, el pensamiento de Mandela se hace más que vigente, necesario. En este sentido, Mandela es un referente para aquellos que combaten el racismo en el mundo y luchan para que este sea un lugar más justo.

Esta filosofía le permitió derrotar el apartheid, comprometerse con la reconciliación, desarrollar una autoridad moral sólida, con integridad e intensa compasión. Su cosmovisión permitió que su país transitara a la democracia superando las barreras raciales,  redistribuyendo los recursos apropiados por una minoría blanca. En tiempos de procesos de paz, los líderes y lideresas políticas del país deben volver a los principios éticos y políticos de Nelson Mandela. Comprender la complejidad de la composición social de Colombia implica firmar acuerdos de paz que se traduzcan en la redistribución de la tierra y en el respeto de los derechos territoriales ancestrales y colectivos de campesinas y campesinos, Afrocolombianos, Indígenas, pobladores urbanos.

En una entrevista realizada por  el Christian Science Monitor en el 2000  Mandela resumió sus 27 años de prisión (1962-1990) como “el tiempo de pensar”. Su vida, sus contribuciones a la política en África, y hoy en la diáspora africana, sus prácticas para abolir el racismo y su partida invitan a toda la humanidad a la misma labor. Adiós, Madiba… colombianos y colombianas es tiempo de pensar y de actuar para superar las profundas desigualdades que prevalecen en el país.