Lunes, 16 de marzo de 2015

Para que estemos claros, moral y ética son la misma cosa. Otro punto importante: la moral no es fuente del derecho. Eso está inventado. Dicho lo anterior, planteo el problema: mientras que el Derecho se traduce en un conjunto de normas que regulan y ordenan la vida en sociedad, la moral o la ética es un código de conducta personal. En otras palabras: el uno es externo, el otro es interno, como bien lo señaló Tomasio. Este planteamiento se da, precisamente, para limitar la acción del Estado. Un ser humano no puede ser procesado y juzgado con fundamento en las creencias morales de su juez natural, sino, más bien, con apego a la normatividad vigente, independientemente de lo que su juzgador considere moralmente aceptable o reprochable.

Kant también se apoyó en este argumento y Fichte lo desarrolla aún más, llegando a afirmar que “el derecho y la moral no solo constituyen dos ordenamientos de la conducta humana completamente separados, sino hasta contradictorios en ciertos casos”. Adhiero por completo al filósofo alemán. No todo lo que es inmoral es ilegal y viceversa: que una actuación sea antiética, no implica necesariamente que sea penalmente relevante. Y agrego: quien viola la ley no es un inmoral; es un delincuente. Kelsen arriba a una conclusión parecida: “el derecho no tiene relaciones con la moral porque esta pertenece al reino de lo metajurídico”, es decir, que trasciende al mundo de lo que está regulado por la ley. 

En el mundo antiguo, los juicios y procedimientos penales se fundamentaban en lo que consideraba adecuado o correcto el juzgador. ¿Se imaginan ustedes a un cristiano procesado por un musulmán que antepone sus creencias y su moral a la ley positiva que está consignada en los códigos? Un verdadero desastre y una injusticia que no consulta la ritualidad que diferencia a un linchamiento de una causa justa. Sin duda, haber separado el derecho de la moral es una de las grandes conquistas de la humanidad. Hay lugares del mundo en los que aplican una supuesta “ética pública”, que no es otra cosa distinta que la forma de pensar del tirano de turno. En esos países la democracia es un artículo de lujo. La ética o la moral es privada y punto.

Ahora bien: por supuesto que hay que ejercer cualquier actividad profesional o humana con apego a la ética, pero es ciertamente distinto a confundir la moral con el derecho. No es correcto -y además es ilegal- que, por ejemplo, un abogado soborne a un juez, o que un periodista anteponga sus odios a la objetividad que debe regir su oficio. Eso lo entiende hasta un imbécil. Cada quien debe tener un comportamiento apropiado de acuerdo con su rol en la sociedad; pero eso solo es problema del derecho siempre y cuando se transgreda la ley; en el entretanto, ningún mortal se puede erigir como el censor moral de otro, porque, obviamente, nadie fue premiado por la naturaleza solo con virtudes: somos tan humanos, como imperfectos.

Se trata, pues, de un tema en demasía interesante y estoy abierto al debate de ideas. A Colombia hay que quitarle la máscara: es necesario decir las cosas como son, por más duras que parezcan, y, a pesar de las tergiversaciones, hay que insistir en que la verdadera honestidad consiste en decir lo que uno piensa.

Hoy más que nunca confirmo que la mala fe es más atrevida que la ignorancia.