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lunes, 7 de abril de 2014

La educación no puede ser una actividad mecánica, no debe tener por objeto solamente la acumulación de conocimientos, sino una formación integral del estudiante, que le permita enfrentarse a la vida y participar en el mecanismo productivo de la sociedad de manera decorosa, aprovechando lo aprendido.

El conocimiento “vago”, como acumulación de datos y conceptos sin aplicabilidad alguna no sirve de nada, excepto para frustrar a quien lo posee. Esto no significa que no haya que enseñar materias de contenido abstracto y aparentemente inútiles. Lo que debe quedar en claro es que los conocimientos que de esa enseñanza se desprendan tengan por objeto ejercitar la mente para la solución de problemas cotidianos. Por ejemplo, las matemáticas no se crearon para memorizar fórmulas, sino para enseñar a razonar.

Por otra parte, nunca he entendido por qué los estudiantes de hoy tienen menos enjundia intelectual que los del pasado, a pesar  de tener al alcance de sus manos mecanismos tecnológicos tan importantes, como la internet (con los que no se contaba antes), que los acercan  fácilmente al conocimiento. Y qué decir de las diferencias morales y espirituales abismales con las viejas generaciones. Indudablemente, esto tiene que ver con la calidad humana del profesorado. Antaño, los maestros en la provincia eran las personas más respetables. Aunque, en su mayoría, no habían pisado una universidad, sí estaban guiados por un espíritu altruista (no, como ahora, por el afán de acumular emolumentos), y aun así formaban seres humanos llenos de valores y sabiduría. Lo anterior no indica que la formación integral del profesorado no deba pasar por el tamiz de la ciencia: el maestro debe ser una combinación de principios y técnica.

La urbanidad, la honradez, el ahorro y a la ley eran presupuestos inquebrantables y determinantes de una buena enseñanza. En pocas palabras, lo primordial en la educación era formar al estudiante para que fuera un hombre de bien, que razonara correctamente y que tuviera sentido común, que es el menos común de los sentidos, como dice el refrán. Tenemos que volver a ese modelo de educación en el cual el conocimiento debe estar precedido de esa serie de principios para que le hombre del mañana sea un buen ciudadano. En todo caso, la mejor enseñanza es el ejemplo y ese sí que nunca se olvida.

El motor que transforma la humanidad de una persona es la educación. Esto indica, sin mayores esfuerzos, que la política pública debe volcarse en esa dirección; porque, mientras nuestro pueblo no se eduque, seguirá tomando malas decisiones, como suele suceder cuando de elegir gobernantes se trata: pésimos políticos, que, a la postre, abandonan a su suerte a los menos favorecidos, y esa exclusión es sin duda el caldo de cultivo que engendra todas las formas de violencia.

La educación debe ser una política de Estado, concebida como la más trascendental de todas ellas. Solo de esa forma evitaremos que se repitan tragedias tan abominables como la de Natalia Ponce De León.

Un viejo aforismo encierra la conclusión de este artículo: “Educando bien al niño, se evita castigar al hombre”. Y me viene a la memoria otro más completo y hermoso: “Estudia, niño, y no serás, cuando crecido, el juguete vulgar de las pasiones, ni el esclavo servil de los tiranos”.

La ñapa I. El criterio para nombrar a María Fernanda Campo Ministra de Educación fue su amistad con la Primera Dama. Eso explica todo.

La ñapa II. Santos dejó vencer el plazo para reglamentar la ley que regulaba la venta de ácidos. Ahora con una recompensa, pretende lavar su culpa.