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lunes, 12 de febrero de 2018

Hace unos días, en el clásico catalán entre el Espanyol de Barcelona y el Barça, Gerard Piqué celebró un gol mandando callar a la tribuna del Espanyol con el gesto universal de poner el dedo índice en la boca. Gesto que todos hemos hecho o nos lo han hecho simplemente para guardar silencio. Antes de entrar a analizar la situación “In situ” me parece adecuado indicar que la señal realizada es cotidiana, inequívoca (solo sirve para indicar silencio) totalmente correcta y en rarísimas ocasiones puede considerarse ofensiva.

El gesto se hizo luego de más de dos partidos en los que la hinchada del español insultara directamente al jugador, a su esposa y sus hijos, sin que nada pasara; posteriormente hubo toda clase de manifestaciones en contra de Piqué, que el gesto fue inapropiado, que fue un ademán provocador y lógicamente se buscan, como siempre, sanciones ejemplarizantes. Se llegó al absurdo de concluir que se trató de una celebración ofensiva. En el fútbol siempre han existido estos gestos, que pueden ser molestos pero que distan mucho de ser ofensivos, durante mucho tiempo saludé a un buen amigo argentino con un cariñoso “venga esos cinco” para recordarle el doloroso 0-5.

Me surgen dos temas al respecto el primero es la forma en que se está tratando a los hinchas desadaptados en todos lados; se trata de no molestarlos, de no provocarlos. Las políticas de seguridad en los estadios se están realizando para no incomodar a los violentos, no pueden ir hinchas visitantes, no puede haber camisetas de otro color al del equipo local, los señoritos salen de primeros del estadio, las puertas permanecen cerradas con el peligro que esto representa y en general todo se hace para evitar molestar a los violentos. La última manifestación de esta situación es que una celebración como la de Piqué puede ser considerada como violenta. Lo que se debe controlar es el hincha violento, aquél que vocifera improperios porque pagó una boleta y que cree que esto le da permiso a cualquier cosa. Fifa combate de manera vigorosa las manifestaciones racistas, pero hay muchos otros insultos, que no son racistas y que se dejan pasar.

El segundo tema es que se está buscando que el jugador de fútbol no hable, no piense y no se manifieste, todo puede ser considerado irrespetuoso, provocador y susceptible de ser sancionado; en esta época de redes sociales, donde los deportistas son objeto de las más despiadadas opiniones estos no pueden decir nada. Los gestos de la mayoría de los jugadores que se tapan la boca al hablar muestran este hecho, jugar al futbol no es simplemente patear una pelota, es hablar, en algunos momentos insultar, reírse o manifestar frustraciones, es parte del juego. Los jugadores profesionales tienen claro que lo mejor es que no se sepa algo pues se puede malinterpretar y peor aún puede llegar a ser objeto de un castigo.

Los jugadores son seres humanos que deben poder manifestarse, decir que un árbitro es malo, por ejemplo, no es más que una opinión que nunca puede llegar a ser sancionada, las celebraciones después de un gol son manifestaciones de alegría que no pueden ser consideradas como provocadoras. Se pretende que los jugadores no piensen, no hablen, no opinen, simplemente jueguen. Seguramente la mayoría lo hará, pero unos pocos, como Piqué prefieren hablar y esto no puede ser nunca causa de sanciones.

El jugador está indefenso, la última perla es la del árbitro que patea a un jugador y lo expulsa. El jugador en cuestión prefirió guardar silencio para evitar mayores perjuicios, como si hubiera sido el, el agresor y no el agredido.