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Lunes, 12 de marzo de 2018

Las medidas adoptadas la semana pasada por el Gobierno de Trump han sembrado de nuevo la discordia y el desconcierto en la comunidad internacional. Tras examinar la recomendación del Secretario de Comercio, Wilbur Ross, el presidente de Estados Unidos anunció que impondrá aranceles que oscilarán entre el 10% y 20% a las importaciones de acero y aluminio.
Trump, espera que su decisión fomente el desarrollo de la industria metalúrgica del país, en aras no solo de crear nuevos empleos sino también de fortalecer la seguridad nacional. Los nuevos aranceles, que están llamados a generar un ambiente de prosperidad económica al interior del territorio norteamericano, han puesto en una encrucijada al resto del mundo, pues los países y productores afectados no solo pierden un comprador importante, sino que quedarán con altos excedentes de producción.

Los aranceles han generado un verdadero Tsunami al interior de los Estados Unidos en donde el tema no es en absoluto pacífico. Así, por un lado están quienes defienden su adopción con el argumento de que ellos son la consecuencia obligada de las débiles políticas de los antecesores de Trump quienes jamás se preocuparon por la fragilidad del sector y toleraron, por años, la invasión del mercado interno con materias primas que fácilmente podían ser producidas por empresas estadounidenses.

Por el otro, están los detractores quienes aseveran que la decisión del mandatario norteamericano, lejos de apoyar a los productores nacionales, creará un efecto indeseado en la industria. Aseguran que se presentará una atmósfera de turbación y hostilidad comercial con mercados respecto de los cuales EE.UU. es un importante exportador, y sostienen que la producción de metales en el país es deficitaria, lo que podría significar un aumento en los precios de los productos finales fabricados por empresas estadounidenses.
Lo que es cierto es que ya existen reacciones de la comunidad internacional. La UE anunció que alista medidas concretas en contra de los productos estadounidenses que pretendan ingresar al viejo continente. Se calcula que la respuesta de los gobiernos europeos podría costarle a Estados Unidos más de US$3.500 millones, toda vez que pretenden implementar medidas de defensa comercial no solo sobre productos metalúrgicos, sino también sobre varios bienes de consumo masivo, motocicletas y Bourbon entre otros, .

El panorama es caótico y las tensiones ocasionadas podrían significar el inicio de una guerra comercial de impredecibles consecuencias.

Y en medio de este mare magnum están países como Colombia quien debe prender todas las alertas, pues no solo podrán verse restringidas sus exportaciones a los Estados Unidos, sino que además los excedentes que dejen de entrar al mercado norteamericano representarán una gravísima amenaza para la rama de producción nacional.

De ahí que el reto que se viene para el Gobierno no es menor. Es imperioso comenzar por el diseño de un plan de choque que permita aplicar con rapidez y eficacia las medidas de defensa comercial ante los primeros síntomas de desvío de esos excedentes hacia Colombia.