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viernes, 12 de junio de 2015

Aunque el ingreso chileno a la organización es reciente (2010), el caso mexicano resulta bien diferente. Fue durante la administración de Carlos Salinas de Gortari que el país hizo parte de la misma. En 1994, siendo un año coincidente con la firma del Nafta (North American Free Trade Agreement) y con la amplia gama de políticas liberales implementadas a largo y ancho de la región latinoamericana, el gobierno mexicano adelantó maniobras extremas para lograr un nivel de admisibilidad en el que, para ese entonces, se denominaba el “club de los ricos”.

Fue una estrategia un poco al revés, pues estando el país en condiciones de inestabilidad y precariedad institucional, se quiso llevarlo de cualquier manera a la Ocde para forzar el cambio interno posterior. Por norma, la solidez y el acertado desempeño debieran ser asuntos previos a tal membresía, pero en esa ocasión se hizo a la inversa.  México se hizo miembro y, como era de esperarse, se le empezó a exigir como tal. 

La dificultad ante tales exigencias es que el país ha venido conservando un puesto de descrédito en comparación con las otras 33 naciones parte de la organización. Es decir, se logra el ingreso pero se queda de último en muchos de los indicadores. En el factor educativo, por ejemplo, la situación no puede ser más desalentadora. El desempeño de los estudiantes mexicanos en matemáticas, ciencias y lectura, de acuerdo con la última prueba aplicada (2012), es el más bajo de toda la Ocde.

Obviamente no todo podría quedarse cifrado en un panorama negativo. También para México ha habido importantes avances que bien vale la pena tener en cuenta, a partir de su ingreso a la Ocde. Siendo esta organización un club de “buenas prácticas” algunas cosas tendrán que generar favores a sus miembros. El país latinoamericano se beneficia básicamente en dos aspectos: el trabajo deliberativo de los diferentes comités, que incluye análisis comparativos y debates en torno a prácticas y programas de mejora institucional, y los estudios estrictos sobre factibles políticas que faciliten el ascenso integral de la sociedad mexicana. Como consecuencia de estos 21 años de trabajo al interior de la Ocde, México es mucho más atractivo a la inversión. Presenta, además, una notoria estabilidad macroeconómica, evidente apertura comercial, un sistema financiero sano, y un crecimiento económico superior al promedio al interior del grupo. Es decir, en materia económica es claro que le ha servido ser parte de la organización. No obstante, el análisis desde el terreno social lo deja en condiciones similares a lo que fueron sus indicadores previos a 1994. Esto es, a la sociedad mexicana seguramente le debe dar lo mismo ser parte de la Ocde que no serlo.

Colombia ha emprendido un rumbo directo hacia la membresía plena. De lograrse, ya no sería México el último del grupo, pues los indicadores nacionales son más bajos que los mexicanos. ¿Tendrá esto algún sentido?
 

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