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Carlos E. Maldonado sábado, 19 de septiembre de 2015

En Bogotá, los presupuestos los aprueba el Concejo de Bogotá, y no siempre, como en esta ocasión, el Concejo compagina políticamente con el Alcalde Mayor. 

Así, el presupuesto se define por criterios al mismo tiempo financieros, técnicos y políticos; en otras palabras: por criterios e intereses económicos, pragmáticos, y de amor u odio al gobernante de turno.Los resultados electorales del próximo 25 de octubre arrojarán un dato contundente: un nuevo alcalde que remplazará a Gustavo Petro. Pues bien, hablando desde el punto de vista del de ejecución de recursos, caben dos posibilidades: de un lado, o bien que el nuevo alcalde cuente con un Concejo a su favor -tal sería el caso de Rafael Pardo o de Enrique Peñalosa-, o bien que de un Concejo contrario al partido del alcalde elegido -que sería el caso de Clara López-. Para mencionar a los tres candidatos con mayores opciones, hasta la fecha.

En el futuro inmediato, y a pesar incluso de que verosímilmente se firmen los acuerdos de paz en La Habana, no es improbable que la migración urbana y del campo hacia Bogotá se detenga: como consecuencia de la violencia o bien la búsqueda de mejores garantías de vida. El peso demográfico de Bogotá será un fenómeno que es imposible desconocer en materia de políticas sociales y de convivencia.

La importancia de Bogotá estriba de que aporta  25% del PIB del país. Un aspecto fundamental es la inversión en capital social, capital humano y capital intelectual. Por tanto, la cuota principal del presupuesto debe estar destinada a salud y educación. Los dos componentes principales de una política social. Un 60% conjuntamente, entre ambos rubros.

Aseo, integración social y movilidad constituyen dos problemas sensibles en la calidad de vida. Frente a un país altamente estratificado, y vías que no se previeron en el desarrollo urbano, el segundo grupo central de inversión debe concentrarse aquí, con un 30%.

Hábitat, cultura, recreación y deporte, y el cuidado del ambiente conforman, ampliamente el tercer renglón de importancia en la calidad de vida los ciudadanos, habitantes y visitantes de Bogotá. Sin dificultad el 9 % de inversión debe concentrarse en estos aspectos. Y 1% restante en los demás componentes.

Frente a la percepción de inseguridad ciudadana, proporcionalmente al tamaño de su población, Bogotá tiene más policías que Nueva York. Por tanto la inversión en seguridad puede concentrarse no tanto en pie de fuerza, sino en cámaras de seguridad, radares, inteligencia técnica. La propuesta de este presupuesto y sus porcentajes atienden a realidades eminentemente sociales, demográficas y económicas, antes que de orden puramente político o ideológico. 

Si estas consideraciones son plausibles, de lo que se trata es de hacer de Bogotá una ciudad con mayor equidad y justicia, y con una calidad de vida, sin distinciones. En competitividad la ciudad no se destaca en los primeros lugares en América Latina, los pasos para creación de empresa y emprendimiento son aún más numerosos que en la mayoría de las ciudades latinoamericanas, y la calidad de vida debe ser un factor que se respire evidentemente ante visitantes y turistas.

La calidad de vida de una ciudad no consiste en las cosas, sino en el grado de satisfacción que expresen los habitantes: con sus trabajos, estudios, esperanzas y expectativas de vida. Al fin y al cabo, la felicidad constituye un aspecto que es imposible omitir en los cuadros de análisis.

Todo parece indicar que la felicidad, la calidad de vida y la dignidad constituyen hoy por hoy los ejes de un trípode que catapulta a una ciudad como un polo de atracción en múltiples sentidos: negocios, turismo, cultura, emprendimiento y convivencia.

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