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sábado, 20 de julio de 2013

No es casualidad que la justicia colombiana interpretativa, vulnerable y lenta sea apetecible mundialmente para quienes defienden las leyes y los procesos. Un país que entre tutela y tutela encuentra como fin la inoperancia de la ley y el vencimiento de los términos, es un país que fácilmente ve cómo algunos delincuentes tardean en sus principales centros comerciales.

Esta justicia, que va de parranda en parranda y aún sin solucionar ni 10% de lo que le pasó a Luis Andrés Colmenares aquella noche del 31 de Octubre de 2010, encontró hace poco un  nuevo caso cuya billetera y estrés nuevamente abusará de la niña fea de la fiesta. La justicia colombiana, algo borracha, ultrajada y aun brindando como los que celebran en el fútbol sin jugar las finales, tendrá una dura jaqueca y dolor por todas partes cuando se dé cuenta que los colombianos ya no estamos tan idiotizados.
 
Entre copas, billetes y uno que otro escándalo, nuestra justicia primitiva y coja se ha hecho la de la vista gorda para asumir los casos que no mueven tanto dinero, medios de comunicación, prestantes abogados u opinión pública. Basta ver cómo miles de inocentes encarcelados, en silencio aún esperan que se demuestre su condición, mientras cientos de delincuentes “no presuntos” se camuflan en las clínicas bajo cuadros agudos de estrés.
 
Sin saber si es cierto o no y aún por la resaca, nuestra justicia va condenado cual  pajarito revolucionario expropiador. Con cara de guayabo, la misma ropa del día anterior y aliento a tufillo de rumba en el hospital de Meissen, solo necesita una cámara de televisión y un abogado prestante para levantarse de su catre y demorarse cientos de meses en el tire y afloje interpretativo de cada una de las enmiendas y leyes que diariamente nos inventamos en este país.
 
La Catedral, la misma que escandalizó a la sociedad colombiana cuando Pablo Escobar la construyó a distancia y habitó, es la misma que hoy en día compran los principales y dignísimos violadores de la ley colombiana bajo la figura de la “casa por cárcel”, la que sin esperanza alguna no podrán obtener los miles de inocentes que sin dinero, apellido y reconocimiento, con toda seguridad limpian las culpas de los que se van de shopping a los principales centros comerciales del país.
 
Dos personas en un taxi murieron la semana pasada por un tremendo accidente causado por los efectos del alcohol en alguien que seguramente se ha desempeñado decentemente en su vida y no tiene ningún problema legal, pero ¿nuestra justicia se ha puesto a pensar que para la familia de estas dos personas que murieron, las palabras “estrés agudo”, no les va a devolver a sus seres queridos? ¿Han pensado que el estrés agudo, corazón roto, trauma de vida, dolor intenso y demás males lo están sufriendo realmente las víctimas y no el verdugo? ¿Alguien en Colombia se ha puesto del otro lado?
 
Amigos abogados, ojalá no estemos ad portas de otro caso Colmenares, ojalá esta vez ayudemos a que se le pase el guayabo rápido a nuestra justicia y así como los otros millones de casos que aún no conoce Colombia, tomen una relevancia tal, que puedan resolverse de forma tan diligente como el asesinato del agente de la DEA.
 
¿Y el sistema de basuras? Ahí vamos, nos tomamos unos tragos y lo solucionamos.
 
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