Fernando Álvarez Rojas Domingo, 9 de diciembre de 2012

El mapa geopolítico determina los territorios estratégicos, el geoeconómico la ubicación de la riqueza. La riqueza en biodiversidad, en recursos naturales renovables y no renovables, por regla general no se halla donde está concentrada la riqueza capitalista; por el contrario, la condición económica de las áreas naturalmente ricas dista de aquellas en que se localiza el capital. Esta condición asimétrica genera una relación excéntrica entre quien tiene la riqueza y sufre los efectos de su explotación respecto de quien la transforma y aprovecha.

 

Los territorios apetecibles económicamente por sus riquezas naturales entran en el ajedrez de quienes tienen el capital que no dudan en victimizar y sacrificar como peones a los pobladores, a las culturas raizales, con tal de conservar su situación de privilegio. Territorios y riquezas cambian de mano, obedeciendo designios prescritos en las mesas de los intereses económicos. Tal vez la suerte del mar perdido no se decidió en La Haya sino cuando Colombia decidió vedar la explotación económica en aras a la protección ambiental.
 
En la cadena productiva, el capital y el conocimiento priman sobre quien tiene el recurso natural produciéndose una plusvalía a favor de aquellos y una minusvalía que castiga a quien teniendo lo que tiene no lo sabe valorar, aprovechar y defender para convertirlo en beneficio efectivo propio.
 
La cultura refleja estos efectos: ¿cuántos premios Nobel están radicados en los lugares en que abundan las riquezas naturales pero falta la ciencia? Se contarán los que han vuelto novela la situación de su entorno o los que han buscado la paz en la tormenta de la guerra fratricida que extrema la pobreza. 
 
Los premios Nobel en ciencias duras o en ciencias aplicadas no se radican en países pobres. Los países pobres no tienen cómo retener el recurso humano que migra hacia los centros que ofrece mejores condiciones. Una pérdida más.
 
Nos asombra la corrupción, la pérdida de valores, el aumento de los círculos del “yo te doy tu me das”. Nos hemos convertido en plañideras de la leche derramada: lloramos el territorio perdido, la pobreza minera, lloramos el abuso, lloramos y lloramos. Perdemos y perdemos, sin atinar a romper el destino sisífico. La llave está en la educación.  
 
El conocimiento abre a la esperanza; la ignorancia cierra toda puerta hacia el progreso.  Somos concebidos y educados más para obreros que para pensadores que promueven cambios en las relaciones, con capacidad y suficiencia para  defender el derecho propio.  Estamos educados para la docilidad, para decir sí, aún al error. Reproducimos un modelo paternalista e irresponsable; no promovemos el pensamiento analítico y crítico de la transformación. 
 
Ese tipo de dirección educativa es conveniente para la estabilidad del sistema pero absolutamente deshumanizante. El hombre se pierde cuando su pensamiento no es capaz de frenar la depredación del recurso ambiental, cuando no es capaz de alzarse contra el abuso, cuando pierde la noción del otro. Sin educación, preferimos la certeza de la provincia de la ignorancia, de la caverna del error, a la luz de un compromiso.  
 
La educación es compromiso con lo que somos para orientar lo que hacemos. La educación es siembra de futuro. La educación es la esperanza de redimirnos de nuestra condición trágica de perdedores. La educación trasciende la coyuntura para responder a lo trascendente. Hay que reposicionar la filosofía, la ética, la historia, la literatura, aquello que obliga a pensar.