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domingo, 12 de junio de 2016

Me refiero a los estadios pues hace poco más de ocho días fui a nuestro antiguo Campín a ver un partido de finales del torneo colombiano. La opinión general es que ir al estadio es peligroso, incómodo e inseguro y, personalmente, no me apartaba de esta. La realidad fue bien distinta y la organización manejó con acierto los aspectos antes mencionados de manera eficaz.

Los tiempos en que conseguir boletas era todo un suplicio, los tiquetes de papel con poquísima seguridad y gran cantidad de revendedores parece acabado, compré mis boletas en una agencia de viajes, me llamó la atención que solo pudiera comprar dos; el vendedor hizo alguna pirueta y me permitió conseguir las tres que necesitaba. Como en cualquier estadio del mundo escogí localidad y los puestos que quería, la boleta salió con mi nombre, aspecto que en temas de seguridad me parece adecuado.

En Colombia, los temas de seguridad han sido aprendidos de manera dolorosa y en el Campín atravesé varios anillos de seguridad que si bien son incómodos hacen un entorno y un partido mucho más seguro; supongo que esta sensación de seguridad se aumentó por la ausencia de los energúmenos de las barras bravas, o al menos una presencia reducida de estos lo que reafirma mi teoría de que son estas personas las que alejan a muchos aficionados del estadio, generan inseguridad y desorden antes, durante y después del partido.

Otro acierto en beneficio de los aficionados, protección de sus derechos y comodidad fue, al menos en las tribunas de occidental el respeto de los puestos y, como lo recomienda Fifa, la obligación de ver el partido sentados. Nuevamente la seguridad y la comodidad en beneficio de los asistentes fue bastante acertada.

Un partido de fútbol es un negocio que busca la mayor cantidad de ingresos generados por esta experiencia, los expertos lo denominan Game Day, en este aspecto si estamos muy atrasados, las ventas son pobrísimas en cantidad, calidad y surtido, apenas una triste lechona, gaseosa al clima y poco más. La idea es que el aficionado coma, compre y genere muchos ingresos antes, durante y después del partido, no creo que sea el caso de Colombia o al menos de Bogotá, este es el principal punto a mejorar.

Ya sentados se pudo apreciar la primera aplicación de los cambios en el reglamento de Fifa, el arquero del Junior tenía unas mangas de diferente color a las del uniforme y se las debió retirar no sin antes protestar, supongo que este señor no estaba al tanto de esta modificación.

Un manejo especial se le da a los aficionados visitantes, no entiendo por qué la policía en vez de protegerlos les advierte que lo mejor es no entrar con camiseta diferente a la azul. La obligación de las autoridades es protegerlos no invitarlos a retirarse del lugar. La única sensación de inseguridad se presentó a la salida, las puertas son insuficientes y se presentan aglomeraciones que en situaciones menos calmadas que las del partido mencionado podrían generar problemas delicados. Como negocio este partido es ejemplar en el entendido que un espectáculo tranquilo, seguro y de calidad puede generar muchísimos ingresos para el equipo local.