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lunes, 15 de agosto de 2016

En Villavicencio, unos señores con camiseta roja, que no representaban en nada al América, totalmente desconocidos para el equipo de Cali, no tuvieron mejor idea que celebrar un gol al minuto 93 dentro de la cancha; las medidas de seguridad brillaron por su ausencia y al final Dimayor sancionó al equipo visitante por la inobservancia una obligación de imposible cumplimiento. 

En Bogotá la situación fue mucho peor y Millonarios deberá jugar cuatro partidos sin público; de efecto devastador para un equipo que con lo único decoroso que cuenta es con sus seguidores que no podrán asistir a los partidos.

Desde hace mucho tiempo he dicho que estos mal llamados hinchas son un pésimo negocio para los equipos, no los representan, les elevan los costos, les exigen boletas y al final, como en el caso de Millonarios o América representan pérdidas económicas por multas o entradas dejadas de vender.

La ley 1270 de 2009, por la cual se crea la Comisión Nacional para la Seguridad, Comodidad y Convivencia en el Fútbol, no ha servido para nada. Creó más burocracia con varias comisiones que no hacen nada y que no han adoptado medida alguna contra este problema. Luego se redactó el decreto 1007 de 2012, por el cual se expide el Estatuto del Aficionado al Fútbol en Colombia que tampoco ha servido de mucho y se creó un embeleco nuevo denominado “barrismo social”. Estas agrupaciones no tienen ningún control, las autoridades están maniatadas frente a los desmanes de estos salvajes y los equipos observan, sin poder hacer nada, cómo cada vez resulta más difícil controlarlos y ahuyentan a los aficionados que quieren ir a ver fútbol, adicional a las amenazas y desordenes que causan dentro y fuera del estadio.

Las soluciones negociadas, con trabajo comunitario y asunción de que las barras bravas son el reflejo de un problema social de difícil arreglo ya se intentaron y no funcionaron y por ello es el momento de asumir conductas drásticas frente a este fenómeno. 

Países con soluciones eficientes como Inglaterra, luego de muchos muertos, resolvieron el problema adoptando políticas que castigan la mala conducta en los escenarios deportivos: encarcela a los delincuentes y mejora la infraestructura de los estadios.

En Colombia varias actividades que en su momento eran toleradas pero peligrosas para la comunidad se han manejado de esta forma y han modificado el comportamiento de los ciudadanos, sin ir más lejos, al menos en Bogotá, resulta impensable manejar un carro luego de haber consumido una copa de vino, las sanciones son drásticas y las consecuencias para el infractor difíciles. Se crearon soluciones creativas o se modificó la conducta.

Sancionar a los equipos resulta una medida contraproducente; adicionalmente no se entiende cómo se sanciona al equipo si la “prevención de la violencia y la promoción de la seguridad, comodidad y convivencia del fútbol es una responsabilidad del Estado”. Es decir, que por la ausencia de Estado, responden los equipos que poco o nada pueden hacer. La decisión de hacer un fútbol familiar como en Inglaterra o un campo de batalla como en Argentina está en manos de dirigencia y autoridades.