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OPINIÓN

Reflexión sobre las implicaciones que tiene que su cliente ya pueda ver que su trabajo se hizo con inteligencia artificial

08 de septiembre de 2026

Antonio Gómez Montoya

Black Swan consultoría
Canal de noticias de Asuntos Legales

La inteligencia artificial ya forma parte del día a día de casi todas las firmas con las que trabajamos, que la usan para investigar, redactar y revisar sus entregables. De acuerdo con un estudio publicado por LexisNexis hace un par de días, el 94% de los abogados del Reino Unido ya usan inteligencia artificial en su trabajo, frente al 41% de hace dos años, y no parece que estas cifras sean sustancialmente distintas en Latinoamérica. Y aunque estas herramientas se han vuelto indispensables para la eficiencia y la calidad que exige el servicio, los documentos que entregan a sus clientes parecen haber empezado a salir, sin que se note todavía, con una marca que delata su paso por ellas. La semana pasada apareció una primera forma pública de comprobarlo, aunque por ahora solo para los archivos que genera la herramienta y no para el texto que se copia y pega.

Para una firma que vive de su reputación, esto abre, en mi forma de ver, un problema con dos frentes: ante el cliente, defender la autoría y el valor de un trabajo que el documento ya no deja ver con claridad; y ante el proveedor, conservar el control del conocimiento con el que presta sus servicios, discusión que el reciente lanzamiento de Gemini Enterprise for Legal volvió urgente. Analicémoslo a sabiendas de que esta discusión apenas está empezando.

La noticia ya la hemos venido escuchando, y es que los textos de Claude llevan una marca invisible, tejida en la forma en que el modelo elige las palabras, que viaja con el texto al copiarlo y pegarlo. Menos se ha hablado de tres detalles que para las firmas importan más: (i) la marca alcanzaría también a los productos construidos sobre estos modelos, como Harvey, Legora o Robin AI, que no entrenan un modelo propio de base sino que operan sobre los modelos de proveedores como Anthropic, OpenAI o Google y, por eso, heredarían la marca que estos dejan en el texto; (ii) habrá un detector oficial, por ahora en preview privada, e incluso existen ya herramientas que dicen eliminarla, de modo que por ahora nadie sabe con certeza cómo podrán detectarla terceros; y, (iii) como los demás desarrolladores firmaron el mismo código de buenas prácticas, que obliga a todos los proveedores que operan en la U.E. aunque Claude haya decidido aplicarlo a escala mundial, es cuestión de tiempo que cada modelo deje su propia marca.

Empecemos por el frente del cliente, con un caso común. Un concepto legal puede haber sido elaborado por un abogado y haber pasado por uno de estos modelos únicamente para corregirlo o traducirlo. Si la marca funciona como se anuncia, el documento quedaría marcado sin que ello permita distinguir si la herramienta produjo el análisis o corrigió una frase. El cliente sabría que se utilizó inteligencia artificial, pero no qué hizo la herramienta ni qué parte del trabajo es realmente del abogado ni hasta qué punto este se apoyó en ella. De ser así, el manto de duda caería por igual sobre todo el documento, sin importar la profundidad de los ajustes.

A eso se suman los límites técnicos de la propia “marca” que se deja en el texto. Una revisión extensa, la paráfrasis o la traducción pueden debilitarla. Los textos cortos apenas le dan espacio a la marca para formarse, y habrá casos en los que el detector señale textos que nunca pasaron por una herramienta. La ausencia de la marca tampoco demostrará que no se utilizó inteligencia artificial. Al final, y con la información que tenemos hasta el momento, el detector alcanzará para sembrar la sospecha, pero no para resolverla, ni siquiera a favor de la firma.

Mientras intentaba entender hasta dónde llegaban estas nuevas reglas de juego, Google lanzó Gemini Enterprise for Legal y se sumó a los desarrolladores que ya habían estrenado su división legal, como Anthropic con Claude for Legal. Fue entonces cuando empezó a preocuparme algo que va más allá de todo lo anterior, y es el frente del proveedor. Si la marca deja una señal sobre el documento terminado, esta plataforma entra directamente en la manera de producirlo. Se conecta con los sistemas de la firma y, según Google, convierte sus precedentes, estilos, minutas y posiciones de negociación en instrucciones que la plataforma ejecuta.

Aunque la compañía asegura que la información permanecerá dentro del entorno privado y no será utilizada para entrenar sus modelos, esa promesa solo cubre la confidencialidad. El conocimiento de la firma igual empezará a ejecutarse en una infraestructura que no es suya. Más que en el contrato que se firme, la atadura al proveedor estará en el conocimiento acumulado dentro de la plataforma, en lo que cuesta sacarlo de ahí y en la necesidad de la herramienta para operar el día a día.

Google no ha anunciado para Gemini una marca como la descrita por Anthropic. Los dos movimientos muestran hacia dónde va el mercado: las plataformas participan cada vez más en la forma en que las firmas organizan y ejecutan su conocimiento y empiezan a dejar señales sobre los documentos en los que intervinieron. Para las firmas posicionadas por su experiencia, esto resulta cuando menos peligroso.

Las firmas siempre han delegado el trabajo entre diferentes áreas, asociados, personal de apoyo y proveedores externos; esa estructura piramidal es, de hecho, la que hace viable y atractivo el negocio. La inteligencia artificial se incorpora ahora a esa cadena para investigar, comparar documentos y preparar borradores. El cliente nunca supo qué parte de un concepto la escribió un asociado de segundo año ni en qué medida intervino cada uno, porque lo que importa es el resultado final; la marca, en cambio, sí contará cuándo participó la herramienta. El principio sigue siendo el mismo: podemos delegar el trabajo, pero mantenemos la responsabilidad. Si la herramienta introduce un error, la firma seguirá respondiendo por el documento entregado.

Pensemos ahora en el componente financiero. Para la firma, la herramienta es un buen negocio. Un concepto con precio fijo que antes tomaba veinte horas puede salir en ocho con la plataforma y, aun pagando las licencias y las revisiones, el margen mejora. Pero el cliente que vea la marca puede hacer otra cuenta: si la herramienta hizo el trabajo, ¿por qué los honorarios no bajan en la misma proporción que las horas? Porque el ahorro real es menor de lo que parece: sigue siendo un buen negocio, pero no tanto como creíamos. Las licencias de estas plataformas no dejan de encarecerse y, sobre todo, la firma debe seguir formando asociados para que la ruta de carrera y la estructura piramidal que sostiene el negocio se mantengan.

Con este panorama, creo que la capacidad de cada firma para defender su precio dependerá de su posicionamiento. En los servicios commodity y de procesos, donde el trabajo es comparable y varias firmas acceden a tecnologías parecidas, parte de la eficiencia terminará trasladándose al cliente mediante menores precios o entregas más rápidas. En los servicios de experiencia y especialmente de expertise, el llamado rocket science, el cliente paga por el criterio para resolver una situación poco habitual y por el riesgo de quien recomienda.

La herramienta puede reducir el tiempo de preparación sin reemplazar ese criterio, pero la marca amenaza con volver borrosa esa diferencia ante el cliente. Una firma que cobra por expertise tendrá que explicar qué produjo la plataforma, qué revisaron sus abogados y dónde estuvo el juicio profesional que sostiene los honorarios. De otra forma, un conocimiento difícil de replicar puede terminar pareciendo un trabajo estandarizado. Este será el reto que tendremos que enfrentar en los próximos meses.

Por último, creo que otro mercado afectado será el de socios. El partnership captura el beneficio de la eficiencia y asume las decisiones sobre calidad, riesgo y protección del conocimiento. Los socios tendrán que entender quién es propietario de lo que la firma construye dentro de la plataforma, cómo se trasladan las minutas y los playbooks y qué sucede con ellos cuando termina la relación.

Las firmas han dedicado el último año a decidir qué herramientas incorporar y cómo utilizarlas. La marca de agua cambia la pregunta de fondo y le agrega matices, porque ahora se trata de conservar frente al cliente la autoría y el valor del criterio profesional y, frente al proveedor, el control sobre el conocimiento con el que la firma presta sus servicios. No es una discusión que pueda resolver el área de tecnología, sino una decisión que corresponde al partnership. Como casi todo esto se anunció hace apenas unas semanas, todavía está por verse cómo aterriza, y conviene seguir de cerca un cambio que apenas empieza a alterar la forma de prestar el servicio.

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