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lunes, 15 de enero de 2018

En una conferencia en la Universidad de Cambridge, Emily Bell, exeditora digital de The Guardian y ahora profesora de Columbia dijo que el sistema informativo mundial cambió en los últimos cinco años más que en los pasados cinco siglos.

Hablaba de Facebook, Google, Apple, el “social media” que devoró el periodismo, y también la política, la banca… el planeta. Una nueva realidad en la cual los medios tradicionales perdieron el control de la distribución y la comercialización porque las noticias se filtran ahora a través de algoritmos y viajan en plataformas (que no producen contenidos).

El sistema vivió su primera gran crisis en 2016 con la campaña que llevó a Donald Trump a la Presidencia de EE.UU. La exuberancia y la naturaleza tragicómica del personaje hizo que los medios tradicionales rompieran su neutralidad. Hillary Clinton recibió el respaldo de 229 diarios y 131 semanarios, una diferencia de 27 a 1 de apoyos explícitos respecto de Trump, que sin embargo ganó, utilizando el “social media” y la posverdad, esas arenas movedizas donde “los hechos objetivos tienen menos influencia en definir la opinión pública que los que apelan a la emoción y a las creencias personales”.

Facebook -que es la reina – y las demás plataformas no se crearon con la misión ni el compromiso de ser responsables por la libertad de prensa y están alarmados por lo que sucedió en las elecciones, que los puso bajo el escrutinio público. Estamos viendo la mayor concentración de poder de la historia y entregamos segmentos muy importantes de nuestra vida pública y privada a un grupo pequeño de personas que no fueron elegidas, ni rinden cuentas.

Hace pocos días la ex fiscal del Estado de Nueva York Sally Hubbard llevó el tema al derecho de la competencia. Dice que las plataformas como Facebook desplazan a las organizaciones de noticias de calidad, mediante la utilización de palancas tecnológicas que mantienen a los usuarios en su plataforma, e impiden que estas últimas reciban los ingresos necesarios para financiar el periodismo legítimo y contrarrestar las noticias falsas. También que las otras redes sociales no tienen el poder suficiente para competir con Facebook, lo que supone que su algoritmo domina y controla el flujo de información y permite el engaño a gran escala, en perjuicio de los medios noticiosos.

Interesante y provocadora la tesis de Hubbard da por sentado, quizás erróneamente, que Facebook concurre al mismo mercado y se encuentra en una relación de competencia con los editores de noticias, lo que en la práctica equivaldría a confundir a las redes sociales con estos últimos. No es del todo claro cuál sería el escenario concurrencial que lo definiría, así como tampoco la participación de Facebook y las demás plataformas en el mismo.

El debate es, sin embargo, más profundo y se sitúa en la protección que ameritan los destinatarios de las noticias y la protección a los derechos constitucionales como el derecho al buen nombre y a la intimidad. Las redes han logrado democratizar la información, demoler el monopolio de los medios de comunicación y controlar que manipulen la información. Pero también es palmario que en su torrente informativo, una opinión fuerte se puede imponer a la evidencia y a la verdad. La Primavera Árabe, las protestas de Hong Kong se hicieron desde las redes que facilitaron la escalada de noticias falsas en favor de Trump. El reto que enfrenta la humanidad es qué hacer con esa infraestructura de información.