Miércoles, 30 de mayo de 2018

Siempre he sentido especial afecto y admiración por los maestros de escuela quienes enseñan a leer y escribir a los niños, consiguiendo que hagan suyas las normas de convivencia por convicción, es meritoria su labor educativa en medio del conflicto armado, la delincuencia, el abandono gubernamental y la pobreza; hay que tener vocación, mística, para que desde la adversidad se transforme el conocimiento y el país; cuando se enseña con el ejemplo de vida se está educando para la democracia y la paz.

Los profesores de derecho tenemos mucho que aprender de los docentes de escuela, edificadores de la honestidad, la lealtad y la dignidad. Esos saberes deben asumirse como fundamentales en la formación de los estudiantes de derecho; parece que privilegiar el manejo e interpretación de las leyes y los procedimientos no ha sido suficiente para lograr que los presupuestos éticos se arraiguen en las actuaciones de los abogados, la corrupción en la justicia es muestra de ello. Así como se recuerda la escuela con gratitud por las lecciones que marcaron positivamente la vida de las personas, la universidad tiene que repensarse como un foco moral de formación y, apuntalar la moderna misión y visión de “empresa de educación” en la original comunidad educativa que cumple una función social.

Algunos estudiantes de derecho consideran que hay “asignaturas importantes” como las que se leen en los códigos, otras que no lo son como la filosofía y sociología, no pertenecen a la carrera; y ni que decir de la ética, eliminada o reducida a una electiva, nadie quiere tomarla ni dictarla.
Desde la escuela y en los primeros semestres de la formación del jurista, está el abono fértil de las humanidades que enriquece el pensamiento, permiten la reflexión y son esencia misma de la cultura y del ser. Así acontece con una controvertida “materia” denominada derechos humanos, la que se valora y exalta por estudiantes y profesores pero a la vez suscita, discordia y rechazo.
Preocupa escuchar que gracias a los derechos humanos las autoridades perdieron control del orden y la seguridad, los jueces impiden que el Estado desarrolle su poder ofensivo, sumándose a lo anterior, los desafueros causados con las mal llamadas libertades e igualdad.

Nos encontramos en un momento histórico para insistir sobre la necesidad de educar en derechos humanos. No es un asunto de gustos, se trata de recuperar la sensibilidad de estudiantes y maestros frente a las trasgresiones de los derechos fundamentales en un país que se acostumbró a la muerte y la violencia. La comunidad educativa debe asumir el reto de educar en y para la libertad, superando el miedo, la opresión y las ataduras del odio, transmitidos durante generaciones.

Exaltando cotidianamente la aceptación de la diferencia, refrendando el respeto como una constante en la discusión y la protesta, entusiasmando la palabra y los argumentos, es posible construir propuestas desde la alteridad y la oposición; ciertamente los profesores tenemos una asignatura pendiente que consiste en arraigar el pluralismo, para que las diferencias se resuelvan sin acudir a la violencia. Maestros y estudiantes la tarea para hoy y mañana es insistir en la justificación racional de los derechos humanos.