Cuando vence el término de duración de un fondo de capital privado (“FCP”), los gestores profesionales están obligados a liquidar los activos del portafolio y retornar el dinero a los inversionistas. Hoy, sin embargo, circunstancias políticas y económicas adversas les están impidiendo materializar esas desinversiones.
La magnitud del problema es evidente, pues a diciembre de 2025, según el reporte de industria de ColCapital, había USD 11.100 millones de capital invertido en FCP que ya entraron en etapa de desinversión, mientras que en todo el año las desinversiones efectivas fueron de apenas USD 1.600 millones, de acuerdo con LAVCA. A ese ritmo, liquidar esas posiciones tomaría alrededor de 7 años, y eso sin contar el 47% de los vehículos que hoy siguen en etapa de inversión y que en pocos años se sumarán a ese cálculo.
El problema no es que el gestor no quiera vender, sino que no hay comprador: el mercado público de valores colombiano sigue sin ofrecer salidas al tipo de compañías en las que invierten estos FCP; el comprador estratégico es cíclico y hoy está castigando el precio de los activos; y el mercado secundario local de participaciones en FCP es casi inexistente. Así, el resultado lo asume el inversionista quien se queda sin liquidez.
La salida de menor resistencia ha sido prorrogar el FCP, la cual se adopta por mayoría en la Asamblea de Inversionistas y no obliga a reconocer una pérdida en el valor de las inversiones. El problema es que deja cautivo al inversionista que necesita liquidez, pues este no puede redimir su participación porque el fondo es cerrado, ni venderla porque no hay un mercado secundario de participaciones que esté desarrollado; y, mientras tanto, el gestor sigue cobrando sus comisiones de administración.
Lo interesante es que el problema no es exclusivamente colombiano: Estados Unidos, principal hub del capital privado, también se está viendo afectado por los pocos “exits” que los gestores logran materializar. Tan es así, que hoy el 12% de los FCP a nivel mundial son denominados “fondos zombie”, que son aquellos que tienen más de 10 años y que han parado de hacer inversiones, pero que siguen manteniendo activos que no han podido vender sin reconocer una pérdida o sin sacrificar las comisiones de éxito. De allí proviene una figura que especialmente el mercado norteamericano ha adoptado con rapidez y que vale la pena empezar a evaluar en Colombia: los continuation funds o fondos de continuación (“CF”).
Su mecánica es sencilla: el gestor constituye un nuevo FCP (el CF) al cual el fondo próximo a vencerse le vende uno o varios activos sobre los que (i) no se ha podido materializar el exit o (ii) considera que puede seguir optimizando. Lo verdaderamente relevante es que el inversionista elige: recibir su dinero, proveniente de la venta al nuevo vehículo, o trasladar allí su participación. Es decir, puede optar por liquidez en el corto plazo o por esperar un retorno más alto.
Lo cierto es que la figura exige cautela, pues el gestor actúa simultáneamente como vendedor y comprador. Ese conflicto de interés debe ponerse de presente al comité de vigilancia, que lo evaluará conforme a la política de conflictos de interés del reglamento del FCP y determinará si la operación es procedente. Eso no impide la implementación del CF, pero lo hace más exigente. Y en un mercado donde la iliquidez es hoy la principal barrera, ofrecer al inversionista una salida más rápida y certera es también una forma de atraer capital extranjero.
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