La semana pasada, en un foro de movilidad global en México, estuvimos compartiendo y revisando lo que sucede en varios países de la región. Un colega de Costa Rica hablaba de la visa de nómada digital de su país, que articula lo migratorio, fiscal y laboral; una colega de Brasil, de cómo han flexibilizado ciertas actividades para facilitar los servicios técnicos y la transferencia de tecnología de corto plazo. Cada quien lo contaba con convicción, con la certeza de que atraer capital humano se ha vuelto una prioridad estratégica para su país y no un trámite más.
Entre sesión y sesión, yo miraba el teléfono. Las noticias de Colombia de esos mismos días hablaban de otra cosa: de operativos, control migratorio y anuncios de deportación. Eran dos conversaciones sobre el mismo asunto, ocurriendo al tiempo, pero mirando en direcciones distintas, y esa asimetría me quedó dando vueltas durante el vuelo de regreso.
Conviene aclarar algo, porque es el centro del asunto. Ninguno de esos países que compiten por el talento ha renunciado al control ni al cumplimiento de la ley; al contrario, en toda América Latina la fiscalización migratoria se está volviendo más estricta y sofisticada, y países como Chile y Argentina han intensificado de manera notoria sus controles y operativos. La región está reforzando los mecanismos de verificación y cumplimiento. La diferencia es que, mientras fortalece ese camino, procura no perder de vista el otro: el que conduce a la atracción de talento e inversión.
Ese es el punto que vale la pena mirar con atención, porque un sistema migratorio maduro opera con dos rutas en paralelo. Una controla, verifica y sanciona cuando debe hacerlo; la otra convoca y facilita la llegada de quienes suman al país. Más que caminos contrapuestos, son carriles de una misma estrategia, y funcionan mejor cuando avanzan coordinados. El control sin atracción puede convertir al país en una puerta perfectamente vigilada, pero cada vez menos atractiva para el talento, la inversión y el conocimiento; la apertura sin control lo expone a los riesgos que las normas migratorias están llamadas a gestionar. Lo difícil, y lo que distingue a quien compite en serio, no es tener una de las dos, sino sostener ambas al mismo tiempo.
Colombia sabe hacerlo y lo ha hecho antes, tiene la institucionalidad, la experiencia y el talento técnico para ejercer un control riguroso sin cerrarse a la inversión y al talento que necesita. La pregunta que me traje de México no es si el país debe controlar, porque controlar es legítimo y necesario, sino si, mientras ordena la casa por dentro, está trazando con la misma decisión el camino por el que quiere que entren el capital humano y la inversión que hoy compiten por instalarse en la región.
Porque esa decisión se está tomando ahora. Las empresas que evalúan dónde instalar su centro de operaciones regional, los profesionales especializados que eligen destino, los inversionistas que comparan jurisdicciones, todos están mirando hoy, y lo que un país proyecta pesa en lo que resuelven. No basta con controlar bien; hay que comunicar al mundo, con hechos reiterados y no con gestos aislados, que también existe una puerta abierta para quienes vienen a sumar. Un país que aparece solo por su control transmite orden, pero no necesariamente oportunidad, y los vecinos ya entendieron que conviene mostrar las dos.
No se trata de elegir entre seguridad y apertura, ni de aflojar lo que debe permanecer firme, sino de recordar que un buen sistema migratorio recorre las dos rutas a la vez, y de mostrarlo con constancia. Colombia tiene con qué hacerlo. El talento que la región se disputa mira ambas antes de decidir, y solo llega donde encuentra las dos.
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