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Jueves, 25 de septiembre de 2014

Es menester señalar que existe una conceptualización en torno a las alianzas. Esta clase de esquemas asociativos se hizo común en el sistema internacional decimonónico y durante todo el siglo XX, muy específicamente durante la Guerra Fría. Una amplia diversidad de autores trabajó en la teorización y utilidad pragmática de las mismas, mientras defendía un hecho puntual: las alianzas se crean entre Estados o países con intereses comunes y bajo el postulado específico de lograr convergencia en las políticas exteriores planteadas por cada caso involucrado.

Stephen Walt, Kenneth Waltz, George Liska, Edwin Fedder, Hedley Bull, entre muchos otros autores, trazaron la ruta de estudio para este tema, abriendo vías de análisis al investigador. Pero fueron Mansfield y Bronson quienes sugirieron, apoyados en Gartzke, Gowa y Yarbrough (entre otros), que fusionar acuerdos comerciales con alianzas estratégicas era la mejor receta para alcanzar dinamismo económico y comercial entre los miembros de un determinado esquema integrador. Bajo esa premisa, se planteó analizar lo que viene sucediendo con Colombia al interior de la Alianza del Pacífico, teniendo presente dos consideraciones fundamentales: la crisis internacional que afectó directamente los flujos de comercio internacional y la actual diversificación de la agenda exportadora del país.

Hacia 2011, año en que la Alianza del Pacífico fue propuesta por el presidente García, Colombia tenía libre comercio (con algunas limitantes) con México, Perú y Chile. Si bien el G-3 (México, Venezuela y Colombia) había terminado, el acuerdo se “refrescó” con los mexicanos y un TLC vigente enmarca las relaciones bilaterales entre ambas naciones. Perú y Colombia, bajo la normatividad de la Comunidad Andina, liberalizaron su actividad comercial también desde hace dos décadas. Y con Chile, un TLC negociado durante meses, suscrito en 2006 y puesto en vigencia en 2009, encuadra su relación comercial.

Ahora bien, apoyados en la teoría, al poner en convergencia acuerdos de libre comercio vigentes con la Alianza del Pacífico, como maduración de un proceso de confianza y credibilidad entre las cuatro economías citadas, se esperaba que los flujos comerciales fueran mucho más dinámicos y, para el caso colombiano (tal como lo ha defendido la actual administración), que las ventas a cada uno de esos mercados ascendieran de manera importante. La noticia no tan buena es que esa conceptualización no ha sido útil para explicar la situación del país. El comparativo de las cifras no le es favorable.

Considerando un seguimiento estadístico a partir de 2011, año en que la Alianza del Pacífico se originó, la relación con México ha sido deficitaria (balanza comercial) y los flujos de comercio son lo suficientemente tímidos para generar preocupación e insatisfacción. Con Chile, tanto exportaciones como importaciones han descendido en el último año. Y con Perú, la situación es igual: descenso en los flujos de comercio. Ante estas circunstancias, entonces, sí es válido preguntarse por el futuro que le espera a la Alianza.

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