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jueves, 4 de junio de 2015

La pregunta que surge es, ¿qué pasa con los Estados afiliados a lo que comúnmente se conoce bajo el rótulo de Occidente, que permiten que pasen las cosas que hoy experimenta Irak? ¿Cuáles intereses, quizá ocultos, existen tras su pasividad? Recientemente se pronunció un importante líder militar iraní frente a lo que consideró un abandono por parte de Estados Unidos en su lucha contra los subversivos de Isis. 

De acuerdo con la posición del general Soleimani, jefe de las fuerzas paramilitares Quds, que tienen despliegue internacional en la región, el país norteamericano ha dejado a los demás actores globales y regionales que luchan contra Isis en una evidente soledad. Sin embargo, todo apunta a que la lectura que se hace de tal situación al interior de la Casa Blanca es de extrema cautela para no poner, nuevamente, en el ojo del huracán a Washington.

Y es que resulta complejo comprender lo que viene sucediendo con el rol de Occidente en tan enconado conflicto. Un alto mando militar estadounidense se pronunció hace menos de un mes para indicar que Isis ya no estaba en capacidad de concretar importantes golpes contra la estructura de poder iraquí. Indicaba que lo máximo que podría pasar era que se presentaran algunos hostigamientos como consecuencia directa de sus actos defensivos. Sólo una semana después se presentó lo que ya todos los medios de comunicación han reseñado, Ramadi cayó violentamente en manos de los terroristas del autodenominado “Estado islámico”. Tal situación reavivó el debate sobre aciertos y equivocaciones ante la determinación del presidente Obama de replegar las tropas del territorio iraquí hace unos cuatro años. Internamente, todos los candidatos republicanos le reclaman al respecto.

Todo apunta, como ya ha sucedido en oportunidades anteriores, que la crítica situación de territorios internacionales depende de un debate político interno en los Estados Unidos. De un lado se sitúan los demócratas que defienden la no intromisión del país en asuntos de terceros Estados, incluso cuando existen riesgos de perder control ya ganado sobre espacios geográficos. De otro lado están los republicanos que reclaman con vehemencia al gobierno por su pasividad y falta de liderazgo internacional para enfrentar a los enemigos que llevan al desprestigio el nombre del país, mostrándolo derrotado y disminuido por actores, incluso, ilegales e ilegítimos internacionalmente.

Y mientras ese debate alcanza punto final, las consecuencias de los actos las sufren otras naciones. Es lo que acontece con Irak. Mientras unos acusan a otros de inoperancia, pasividad y falta de estrategias para enfrentar al enemigo, la población iraquí recibe los efectos directos. Hay poco más de 31 millones de personas que parecen no importar mucho. Y lo más absurdo es notar que su futuro depende básicamente de que las coyunturas políticas externas a su propia realidad se superen. De lo contrario, las muertes de mayo (que superaron el millar) serán cifra irrisoria frente a las que sabemos vendrán en junio. Se trata de un asunto de nunca acabar.
 

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