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domingo, 20 de abril de 2014

Entre los asuntos materia de reflexión, quizá el más importante y urgente es el relacionado con la violencia de todo tipo y origen, que se ha adueñado del país, y que en vez de disminuir se incrementa a diario, aunque en La Habana se lleven a cabo diálogos de paz. 

Como lo hemos escrito en otras ocasiones, no es sana ni civilizada una sociedad en que un reclamo puede culminar en la muerte violenta del reclamante o del interpelado, una mirada coqueta en una riña, un partido de fútbol en bronca mortal, un desplante amoroso en el cobarde ataque con ácido. 

Ni es la mejor sociedad aquella en que, como acaba de divulgarlo la Fiscalía General, se producen al menos trece casos diarios de abuso sexual, el ochenta y cinco por ciento de ellos contra menores de catorce años; en donde una joven puede ser asesinada y descuartizada; en donde cualquier persona puede ser asesinada por robarle un celular; o en cuyo seno tienen lugar crímenes tan execrables como los que se vienen cometiendo en Buenaventura. 

La violencia, el más espantoso signo de estos tiempos, que tiene lugar en diferentes lugares del planeta sin que los esfuerzos de los sistemas jurídicos ni los llamados de líderes tan carismáticos e influyentes como el Papa hayan podido contenerla, tiene infortunadamente en nuestro territorio antecedentes vergonzosos y un permanente terreno abonado. 

De la anticultura violenta tienen culpa, en distintas proporciones, las organizaciones guerrilleras; los políticos, empresarios y agentes estatales que organizaron, auspiciaron y protegieron a los grupos paramilitares; el narcotráfico y la drogadicción; el abandono estatal de extensas zonas del país, la cual ha hecho del hambre, la pobreza y el desempleo circunstancias favorables para la vinculación voluntaria o forzosa de muchos niños y jóvenes a las organizaciones armadas o a las actividades ilícitas; las flaquezas de nuestro sistema educativo, que ha venido dejando de lado la formación de la niñez en los valores, los principios, la moralidad, el respeto por la dignidad humana y el patriotismo; el clima de agresividad en cuyo medio crecen los menores cuando sus progenitores confunden virilidad con machismo y fuerza bruta, fidelidad con sometimiento, y autoridad con imposición; la permanente carga de mensajes favorables a la violencia y la intolerancia, provenientes de sectores extremistas de derecha e izquierda. 

Todo eso, para mencionar apenas algunos de los factores que han incidido en la forma habitual de comportamiento de muchos de nuestros conciudadanos. 

Ahí tenemos un tema para las más profundas cavilaciones de la Semana Santa.

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