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Fernando Álvarez Rojas Lunes, 10 de septiembre de 2012

La paz es un anhelo continuo de la humanidad y el más legitimo de los derechos de la colectividad. Una sociedad pacífica permite el uso y goce de los bienes y el desarrollo de la vida, librada de la contingencia de la muerte agresiva.

El Leviatán de Hobbes es precisamente el resultado del temor generalizado causado por la guerra fratricida de unos contra otros. El homo lupus hominis guiado por el sentido de utilidad conviene en entregar su poder al Estado que adquiere el monopolio de la fuerza para aplacar todo ejercicio violento.

La paz tiene un efecto económico benéfico, porque representa un ahorro de recursos que pagan la guerra y un aprovechamiento del capital humano que se dedica a usos más eficientes que el de la destrucción mutua.

Así como se encuentra el favor social de la paz, existe el aprovechamiento egoísta de la guerra. El negocio bélico moviliza grandes capitales que se dedican a la adquisición de las armas y al avituallamiento de los combatientes.

En la paz se dedican esos recursos a usos productivos. En la paz los vendedores de la muerte se quedan sin mercado; por su condición carroñera están dispuestos a pagar cualquier precio para sostener el conflicto. No solo son los mercaderes los que sacan provecho, son los sembradores del temor, las corrientes políticas de las extremas que cosechan ingentes beneficios en la angustia de la guerra; es allí, en las almas desoladas, desorientadas y amedrantadas, donde hay tierra abonada para el mesianismo, para la venta de ilusiones.

El temor destierra la razón y atrae la irreflexión del populismo. Los totalitarismos modernos de cualquier raigambre, son la respuesta de los pueblos a los llamados de los líderes carismáticos que con movimientos de masas y con expresiones de fuerza, esconden el temor y la impotencia. Una vez más Colombia es invitada a la paz. La paz es un anhelo reiterado, la Constitución de 1886, fue un pacto de paz, la del 91 también lo fue, el Frente Nacional fue un acuerdo para pacificar el país. ¿Qué hay de diferente ahora? Mucho, un mundo globalizado por la información, por el concepto humanitario, por las economías interdependientes, donde la condición de ínsula violenta va contra toda racionalidad.

Para no convertir la paz en un acuerdo cortoplacista que permita la reorganización contestataria y el relevo en los cuadros dirigentes, se requiere atacar y erradicar las causas de la violencia. La paz sostenible exige abrir espacios políticos, sociales y económicos.

La paz requiere ámbitos de reconocimiento y de participación que hagan innecesaria la acción violenta. Quien se rebela busca ser tenido en cuenta. Nuestra cultura de convivencia, que es absolutamente paradójica, premia al violento que se alza contra el sistema, al que respeta las normas lo posterga, lo desatiende. Ahí una invitación vedada al desorden, el que reditúa, mientras que el orden olvida. La paz exige un cambio en la cultura y en las instituciones. El Estado debe ganar en eficiencia en la persecución del crimen, de otra manera la relación costo beneficio se inclinará a favor del delito que retorna a la violencia.

Hay muchos en los alzados en armas que deben su prestigio a la guerra. Es lo que saben hacer. Pactada la paz, perduran aquellos que no pueden ser reinsertados, son los gérmenes que tienden a reagruparse en bandas criminales que feudalizan la contienda.

A ellos hay que prestarles atención para darles una nueva perspectiva de vida, un nuevo oficio diferente a la guerra, hay que instruirlos en la paz.

 

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