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sábado, 8 de abril de 2017

De unos años para acá, la aparición de las barras bravas (o como se les quiera llamar) ha modificado negativamente la forma de ver el fútbol desde el estadio. Estos energúmenos se encargan de volver un partido de fútbol algo de vida o muerte, sin ir más lejos, hace menos de dos semanas un hincha de Alianza Petrolera fue asesinado por tener una camiseta que no le agradó a su victimario. 

Ya lo he comentado en esta columna que las autoridades, en vez de proteger a quien va al estadio a ver un partido de fútbol, portando una camiseta del equipo visitante lo invitan a quitarse la camiseta, le impiden la entrada o, peor aún, le informan que no se le puede garantizar su seguridad. También se han visto situaciones en la propia tribuna donde, nuevamente estas personas, intimidan y golpean a los simpatizantes del equipo visitante sin que la policía o las autoridades del estadio los detengan. El fútbol es un juego entre dos equipos, en la cancha y fuera de ella, conozco familias con amores a equipos diferentes que se sientan a comer o ven un partido con toda tranquilidad, con camisetas diferentes y con discusiones muchas veces subidas de tono que terminan, al finalizar el partido en eso, disputas de fútbol; nadie golpea y mucho menos atenta contra la vida de su hermano o, como en mi caso, de su esposa por ser del equipo rival.

Para evitar estas situaciones, las autoridades decidieron desde hace algún tiempo prohibir la entrada de los hinchas rivales. Esta situación, claramente ilegal y discriminatoria, es simplemente el triunfo de los violentos. No se entiende cómo en un recinto público, de propiedad del Estado se discrimine, en razón del “color” (de la camiseta). Las autoridades están para garantizar la seguridad de todos los ciudadanos en todo el territorio nacional. La posición de prohibir la entrada a los hinchas visitantes es, como siempre ocurre en el fútbol, una copia mala o una copia de lo malo que ocurre afuera. La solución de no permitir la entrada a los visitantes se tomó en Argentina hace mucho tiempo como una clara muestra de la incapacidad de las autoridades de controlar estos vándalos.

El fútbol, actividad claramente aglutinadora que rompe las barreras sociales y debe fomentar valores de compañerismo, trabajo en equipo, inclusión, reconocimiento del otro e igualdad, está siendo en Colombia promotor de toda clase de situaciones discriminatorias, se segrega a las mujeres, a los formadores de las futbolistas, se separa al de otra ciudad, al vecino y al amigo por ejercer la libertad de seguir como hincha a un equipo, se odia y se mata al que tiene otra camiseta.  

Las autoridades no deberían permitir este tipo de comportamientos y no deberían adoptar estas soluciones facilistas, más aún cuando muchos de los simpatizantes rivales, que solo pueden ver a sus equipos una o dos veces al año pues viven en Bogotá, optan por ir de  incógnitos  al estadio, al final, un gol o algún grito en favor de su equipo los delata y en los términos de una agente a la entrada del Campín “los pone en serio peligro” y  ¿si se toman medidas reales y efectivas en pro de la convivencia y en contra de la segregación en el fútbol?

LA REPÚBLICA +

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