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Andrés Hoyos sábado, 15 de junio de 2013

Nuestros patéticos sistemas de salud, transporte, educación, entre otros, nos tienen acostumbrados a innumerables escándalos que se olvidan al calor de unos drinks en un crucero, o en una merecida siesta en el viejo continente.

Pero también nos han hecho olvidar que todos los colombianos, por más rectos, honorables y moralistas, tenemos por lo menos un dvd pirata, que seguramente nos prestó un amigo que se montó por la puerta de atrás del bus por 300 pesos, mientras se quejaba a grito herido de los estudiantes que se colan en el Transmilenio. Desde el momento en que nos despertamos, los colombianos estamos viendo cómo le hacemos trampa al tiempo mientras dormimos otros “cinco minutos”. 
 
Basta con encender el televisor, la radio o leer el periódico para escandalizamos con cada noticia emitida, que sin duda es más aterradora que la anterior, pero igual de inquietante que el capítulo de la novela de turno cargada de los males históricos que han desangrado las conciencias de la audiencia. 
 
Una vez en la ducha y mientras soñamos con irnos de crucero por nuestro diario agotamiento, no importa que sea a firmar expedientes, recordamos que nuestros impuestos no son suficientes para poder utilizar nuestro carro diariamente para ir a la oficina y llegar ojalá antes que el jefe para no tenerle que decir que el trancón estaba horrible y que la ciudad está a punto de colapsar. Con taxímetro a bordo y marcando locamente de 100 en 100, o de 100 en 200 dependiendo de donde esté el botón, llegamos a nuestro trabajo y hablamos muy molestos y con toda la razón sobre las pilatunas de Gustavo, las maldades de Samuel, los secreticos de Dilian Francisca, los viajes de Ruth Marina, las lagarteadas de Roy, el curso de lectura para Simón, la espalda de Ernesto y para cambiar un poco de tema, una que otra molestia con el señor Slim. Con martillo en mano, como los jueces en sus simpáticas naguas negras, pasamos a hablar de la corrupción en el fútbol, en la salud, en la política, en nuestras casas, en las del vecino; incluso hacemos cuentas de cuánto se hace el pobre arlequín del semáforo durante todo el día y socializamos nuestros mitos urbanos del señor que pide limosna en una esquina y que más tarde lo recogen en un BMW o en el peor de los casos en un WVM (Willis Vuelto Miseria). 
 
Amigo lector, los colombianos, además de ser los más felices del mundo, deberíamos ganarnos el premio a la mayor doble moral y el descaro. Claro que es horrible que el Estado o algunas de sus entidades roben, manipulen, sobornen o dañen, claro que es deplorable que con los bienes e impuestos de la gente se lucren individualmente bien sea en las Islas Canarias, en el Mediterráneo o en cual crucero se les antoje, claro que es asqueroso que nuestra justicia además de ciega y tuerta, sea lenta, complicada y floja; pero, ¿qué pasa en nuestras casas?, ¿qué pasa con lo que les enseñamos a nuestros hijos?, ¿por qué siempre esperamos que un favor sea pagado?, ¿por qué ese pago nunca es suficiente y queremos sacar más?. La corrupción es una digna representación de nuestra sociedad permisiva, indolente, egoísta e individualista. 
 
Si desde nuestras casas, en lo más simple o imperceptible no nos ponemos bien la camiseta a favor de un país decente, recto y responsable, posiblemente nuestros hijos serán los próximos en comer langostinos con el dinero de una clínica, viajar por el mundo con los recursos de un pueblo, o peor aún, se quedarán callados tímida y cobardemente mientras otros desangran este país, el cual no puede seguir teniendo a sus dignos representantes en las principales cárceles y centros de acopio o resocialización.
 
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