Dadas las recientes noticias del conflicto en Oriente Medio, que sorprenden por la precisión quirúrgica, el uso de tecnología y los mayores alcances que se tienen hoy para impactar los objetivos militares cabe preguntarse si las normas para la guerra con que actualmente cuenta la comunidad internacional son adecuadas y pertinentes para las realidades que vivimos.
Obviamente todos quisiéramos que no hubiera guerras. Que el diálogo y la diplomacia dieran solución a cualquier conflicto o diferencia, pero desafortunadamente no siempre funciona. Las guerras nos acompañarán, mientras existan diferencias irreconciliables por razones religiosas, étnicas, económicas, limítrofes o de negocio del narcotráfico, que algunos creen que se resuelven así. Por eso vale la pena preguntarse si los Convenios de Ginebra de 1949, como compromisos de buenas intenciones, luego de la Segunda Guerra Mundial, junto con el marco normativo de DDHH que ha venido complementando estos Convenios, todavía responden a las necesidades actuales en situaciones de guerra en el Siglo XXI.
Vemos que algunos actores en estos conflictos recurren a células terroristas, a individuos que actúan como kamikazes, a ejércitos paramilitares, a la toma de rehenes, a la guerra urbana, al uso de drones y otras tecnologías, y a la inteligencia artificial guiando las estrategias y las armas. Ya no estamos ante confrontaciones entre países, con ejércitos patriotas, en campos de batalla de tipo convencional, sino con multiplicidad de actores, que acuden a ataques a instalaciones civiles y que practican actos de terrorismo.
Lamentablemente los ciudadanos se están acostumbrando a vivir bajo el terror, a ser extorsionados, secuestrados, a correr hacia los refugios subterráneos y responder a las alarmas que anuncian ataques. Los flujos del comercio se interrumpen, los servicios públicos y de transporte no se prestan, los efectos económicos son devastadores y las comunidades sufren demasiado. Ante este panorama, es posible que el llamado “orden mundial”, junto con sus instituciones como el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas o la Corte Penal Internacional, deban ser revisadas y analizados su efectividad y poder de disuasión. Se requiere control sobre los actos de guerra en los actuales términos y con sus nuevos actores, cuando atenten contra la dignidad del ser humano y sus derechos más elementales. Tal vez, es necesario repensar cómo deben tratarse estas nuevas formas de violencia, estos nuevos protagonistas, y sus nuevos recursos de guerra para fijar reglas que sean más ajustadas a las realidades que estamos viviendo.
Debería existir un marco normativo moderno, que considere todos los tipos de conflictos, de actores y de armas que hoy tenemos. Que permita prohibir las energías nucleares y los agentes biológicos para el uso en la guerra, y que logre controlar la aplicación de la tecnología y de la Inteligencia Artificial en las armas, si con ello se permite la destrucción masiva. Igualmente, tener unas instituciones más orientadas al hacer, que al decir. Menos discursos y más gestión. La burocracia se está devorando el “orden mundial” y los resultados son lánguidos. La crisis de liderazgo no sólo se ve en los países, la sufre la comunidad internacional. En algún momento del camino, se perdieron los valores y objetivos comunes, y es momento de recuperarlos para fijar los derroteros que tendrán las próximas generaciones.
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