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OPINIÓN

Comunicación

21 de junio de 2021

Andrés Charria

Fundador de Tres Puntos Consultores
Canal de noticias de Asuntos Legales

La actividad profesional para los futbolistas en este mundo interconectado es mucho más compleja hoy que antes. Pensemos en George Best que en su faceta personal era un desastre. Alcohol, incidentes con mujeres y escándalos de todos los colores. Este jugador hoy en día tendría problemas con los hinchas, su equipo empleador, la liga y muchos más. Las redes sociales, omnipresentes en nuestra vida han hecho mas chico el mundo y menos oculta la vida de las estrellas.

En los últimos días, Cristiano Ronaldo y James Rodríguez han protagonizado situaciones que en otro momento habrían pasado desapercibidas. El jugador portugués, en un gesto que ignoro si fue preparado, generó la caída las acciones de Coca-Cola al menos por un corto período de tiempo. Se trató de un tema de imagen que impactó a nivel global. Por su parte James Rodríguez en una trasmisión en directo con otros jugadores tuvo una intervención diferente causando malestar en hinchas y seguramente en compañeros de la selección nacional.

Las redes sociales hacen parte del día a día de las grandes estrellas y de las no tan grandes. Es difícil encontrar un jugador profesional que no maneja al menos dos de estas en su vida cotidiana. Y acá empieza el problema. Un mal tweet o una entrada desafortunada en Instagram pueden tener consecuencias mucho más negativas para un jugador que una roja directa. Por ejemplo, en el contrato y el reglamento interno de trabajo los jugadores profesionales tienen estipuladas prohibiciones y obligaciones en las que podrían incurrir y pocas veces las tienen presentes; siendo que éstas pueden constituir justas causas para dar por terminado el contrato o para sanciones de algún tipo. Ni que decir de los acuerdos de imagen y marca.

Por otra parte, los campeonatos y las federaciones en sus reglamentos tienen infracciones tan nebulosas como “Comportarse de manera ofensiva, insultante o realizar manifestaciones difamatorias de cualquier índole” o “Insultar de cualquier manera y por cualquier medio a la Conmebol, sus autoridades, oficiales”; una más, “Comportarse de manera tal que el fútbol como deporte en general y la Conmebol en particular, pudieran verse desacreditados como consecuencia de ese comportamiento”. Ya se vio como para la Conmebol, indicar que determinado equipo es consentido puede encajar en una de las anteriores infracciones mencionadas.

Los futbolistas profesionales todavía no tienen claridad, o al menos por estos lados, de la importancia del manejo adecuado de redes sociales y comunicaciones, en especial el impacto para su entorno. Está el manejo de su imagen, que es una fuente infinita de recursos y el desarrollo profesional, pues como ya se indicó el mal manejo de estas puede traer muchos beneficios, pero también problemas; y de otro lado, la opinión o la libertad de expresión desde sus propias cuentas y desde ámbito personal, que igualmente genera mucho dinero o la lapidación pública.

Desde el punto de vista laboral deportivo todo en este tema es una zona gris, es una página en construcción. Con una alta subjetividad medida por el ofensómetro, el concepto de perjuicio muchas veces sobredimensionado lleno de cláusulas abiertas y absurdas, pasa del comentario al litigio con un altísimo índice de desencuentro, mal ambiente y afectación a las dinámicas de grupo. Para la muestra el botón de la selección.

Será que, de implementar prácticas en el manejo de imagen y de comunicaciones, sin censura y en pleno ejercicio del derecho de opinión y libre expresión ¿es necesario? o le quitaría el delicioso color que tiene el chisme deportivo.

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