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Lunes, 3 de diciembre de 2018

La columna de la semana pasada no tuvo nada que ver con lo ocurrido en la final de la Copa Libertadores; al entregarla (viernes) no había pasado nada y ni la más creativa de las imaginaciones hubiera podido prever el esperpento ocurrido, dirigentes perplejos, árbitros amedrentados, jugadores asustados, periodistas confundidos y medio mundo con ganas de ver un partido de fútbol, que no se jugó. Seguramente al momento de publicar esta columna los acontecimientos habrán superado cualquier cosa que yo pueda escribir o imaginar , por lo que tengo que comentar algo medianamente atemporal para evitar quedar atrasado.

Ya lo dije en el primer acto de esta estupidez, el partido entre Boca y River también en copa libertadores del 14 de mayo de 2015, en el que hizo su aparición el gas pimienta; no entraré a narrar lo ocurrido, solo diré que, en ese momento, un boliviano aturdido que figuraba como el comisario del partido deambuló durante más de una hora por toda la cancha, pegado a un celular esperando instrucciones de no sabemos quién. Era notoria su ignorancia, no sabía que hacer porque nada se había preparado este señor, seguramente premiado por algún favor realizado o simplemente por ser el subordinado de algún dirigente afortunado permaneció durante mucho tiempo esperando a que alguien decidiera por él y tapara su ignorancia.

Lo mismo ocurrió en los partidos de esta inacabada final, nadie sabía qué hacer, dirigentes, árbitros y por supuesto los periodistas, daban soluciones, narraban reglamentos imaginarios y se elucubran soluciones, nadie sabe ni sabía nada. Que los periodistas, monumento a la ignorancia, casi todos, digan bobadas se entiende, es parte de su oficio, más si son especializados en fútbol. Pero que un dirigente no sepa que hacer es inconcebible, de ahí que se termina todo en pactos de caballeros que ni son pactos y mucho menos de caballeros.

Y por supuesto la estupidez es la hija de la ignorancia, médicos que afirman que un futbolista afectado por esa barbarie podía jugar, o dirigentes de alto rango cambiando de manera aleatoria las condiciones del partido poco ayudaron.

Es el momento de entender que el fútbol, un negocio multimillonario, exige que quienes lo manejan sepan del tema, no hablo de la táctica o de la historia, para eso hay técnicos y escritores, hablo del reglamento. Una de las mayores muestras de esa ignorancia es precisamente la tendencia a negociar todo, si no se sabe que puede ocurrir en determinada situación y se sospecha que el reglamento puede lesionar los intereses propios es mucho más seguro intentar un compromiso. Igual ocurre con quien creería que tiene la razón, como pudo ser el caso de Boca Juniors, si no se sabía claramente cuál era su derecho, era más cómodo firmar un papel y esperar a analizar cómo se desarrollaban los acontecimientos. Igual con los dirigentes, más preocupados en protocolos y palcos que en entender que se debe hacer si algo no sale como se esperaba. En el caso de la final, nada salió como lo pensado.

Lo ocurrido es un llamado a la cordura para que en la medida de lo posible no vuelva a ocurrir, se espera que las autoridades conozcan sus responsabilidades y sepan qué hacer. No es muy difícil, no son códigos voluminosos o teorías extrañas, se trata de unos reglamentos simples que no requieren inteligencias superiores, más bien persona interesadas en mejorar el fútbol y dejar atrás hechos como esta final.