En la clase de Técnica de Redacción de Contratos, de la cual soy profesor, hice una afirmación que incomodó más de lo que esperaba: en contratos, usar parágrafos es de mal gusto. No dije que fueran inválidos. No dije que no obligaran. Dije algo peor: que dejan mucho que pensar sobre la técnica de quien redacta.
El debate fue divertido. Algunos estudiantes se sorprendieron; otros defendieron el parágrafo con una pasión que normalmente uno reserva para discusiones más sustantivas. Pero el punto es sencillo: el parágrafo pertenece a la misma familia de expresiones como “yerro” para decir error, tan común entre litigantes. Es casi equivalente, aunque con peores efectos: el “yerro” solo envejece el texto; el parágrafo, además, puede desordenar el contrato.
En clase se me ocurrieron varias razones.
Primero, el parágrafo no tiene una fuerza jurídica distinta. Bajo las reglas de interpretación contractual del Código Civil, artículos 1618 y siguientes, todo lo que se incluye en un contrato debe producir efecto. Si el parágrafo obliga igual que una cláusula, una sección o un numeral, ¿para qué tratarlo como si fuera una categoría especial?
Segundo, si el parágrafo pretende “aclarar” algo, el problema está en la cláusula que supuestamente necesita aclaración. Un contrato bien redactado no debería requerir notas al margen ni “parches” jurídicos.
Tercero, como alguna vez me dijo alguien a quien admiro, muchas veces el parágrafo parece decir: “se nos olvidó incluir esto; metámoslo ahí”. Es como estar diseñando una casa y, al final, poner la nevera en la sala porque ya no hubo tiempo de pensar dónde debía ir. Esa lógica de remiendo puede ser grave para la interpretación del contrato, porque abre discusiones sobre si ese texto complementa, limita, modifica o excepciona la regla principal.
Cuarto, el parágrafo rompe la arquitectura del documento. Un contrato debe tener una estructura clara y navegable: cláusulas, secciones, numerales y literales. Cualquier adición debe incorporarse armónicamente dentro de esa estructura, no quedar colgada como un apéndice.
Quinto, dificulta las referencias cruzadas, que son esas citas internas automáticas del documento, por ejemplo, “salvo lo previsto en la Sección 4.3”, y que todos los abogados que redactan contratos deberían saber usar. Uno puede ser pésimo en Excel, aunque eso también sea grave; pero en herramientas de escritura no hay excusa.
Sexto, en contratos bilingües el problema se vuelve más evidente. Traducir “parágrafo” como paragraph suena raro, porque en inglés significa simplemente párrafo. Y buscar traducciones alternativas suele producir soluciones forzadas.
Séptimo, el parágrafo es muy común en escrituras públicas, en las cuales, por supuesto, muchas veces se protocolizan contratos. Pero eso no debería convertirlo en una buena práctica contractual. Las escrituras públicas también deberían modernizarse en su redacción y contenido. No todo lo que viene de la tradición notarial merece sobrevivir intacto en documentos que deben ser claros, funcionales y fáciles de operar.
La solución es fácil: si algo debe decirse, debe incorporarse en la cláusula correspondiente. Si es una excepción, debe quedar como sección o numeral. Si es una condición, debe ubicarse donde corresponde. Si es una consecuencia, debe aparecer dentro de la lógica de la obligación que regula.
La forma contractual no es decoración. La estructura de un contrato comunica orden, rigor y entendimiento del negocio. Un contrato bien redactado no solo dice cosas correctas; también las ubica correctamente. Por eso, cuando un documento está lleno de parágrafos, el problema no es meramente estético: revela una forma de pensar el contrato como una acumulación de textos, y no como un sistema coherente de obligaciones, riesgos, excepciones y consecuencias.
Los invito a revisar sus contratos y dejar de usar parágrafos. En contratos son de mal gusto, desordenan el documento y dejan mucho que pensar sobre la disciplina técnica de quien los redacta. Usar el término “yerro” en vez de “error” ya es bastante grave; convertir un contrato en una colección de parágrafos sueltos es todavía peor.
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