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OPINIÓN

Diocleciano y la inflación (versión Colombia)

17 de abril de 2026

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Empecemos diciendo que no soy un experto en historia de Roma pero, como todos los abogados, algo entiendo. Y recuerdo haber leído en un libro sobre Diocleciano y un problema que tuvo que hoy sería llamado “inflación”.

Diocleciano tuvo un imperio en crisis fruto de una moneda devaluada y precios altos. Su respuesta fue contundente. En el 301 d.C. expidió el “Edicto de Precios Máximos”, un intento de fijar por decreto el valor de cientos de bienes y salarios en todo el imperio. La lógica era simple: si los precios suben, se prohíbe que suban. El resultado fue algo que hoy resultaría predecible…

El edicto no atacó las causas reales de la inflación: una moneda sistemáticamente degradada, un gasto público desbordado y una caída estructural en la oferta (y sin un BanRep para echarle la culpa…). Al imponer precios artificiales, los productores dejaron de vender, surgieron mercados negros y la economía formal se contrajo. La lección podría entenderla mi hija de 9 años.

Hoy, el debate sigue vigente. La inflación no se corrige con controles, sino con oferta, confianza y disciplina. Desde una óptica moderna, Diocleciano pudo apuntar distinto: (i) estabilizar la moneda; (ii) reordenar el sistema fiscal, simplificándolo; e (iii) incentivar la producción, especialmente agrícola, que era el corazón de la economía.

Si un gobierno quiere reducir inflación de alimentos, debe intervenir distintas áreas (y que lo escuche el presidente que lo quiera escuchar): no se rechaza plenamente que hayan subsidios temporales a insumos críticos – temporales, eso sí – y crédito accesible; infraestructura logística y seguridad jurídica para el productor es la parte esquiva.

Pero, y pensando en las economías modernas: ¿por qué no pensar en incentivos tributarios y rápidamente visibles para los sectores que se quieren incentivar, como el agro? Ojalá no como la pésima renta exenta para el agro colombiano que existió hace unos años donde acogerse era imposible. El impacto debe ser inmediato y predecible. Mientras el gobierno busca subir impuestos, ¿por qué no liberarlo, siquiera, para los sectores estratégicos, como el agro?

Hay además un conflicto estratégico que Diocleciano ignoró y que hoy sigue vigente: ¿controlar o liberar? Una visión intervencionista apuesta por regular precios, restringir exportaciones de bienes esenciales (esto suena conocido, principalmente para el sector de las carnes) y fortalecer redes públicas de distribución. Una visión de mercado prioriza apertura, competencia y escala productiva. La solución inteligente es híbrida: blindar la canasta básica – garantizando oferta interna suficiente – mientras se promueve eficiencia y crecimiento en el resto de la economía.

El error de Diocleciano no fue intervenir; fue intervenir mal. No entendió que la inflación es un síntoma, no la enfermedad. No todo se cura con acetaminofén. Dos mil años después, la conclusión sigue intacta: sin producción, no hay estabilidad de precios. Sin confianza, no hay moneda. Y sin coherencia entre política fiscal y monetaria, cualquier edicto – o ley, o emergencia económica, o lo que sea – está condenado al mismo destino: el fracaso.

Querido niño Dios: no te olvides de los empresarios y, si hay que hacer zoom, no te olvides de los empresarios del agro, que son apretados por un lado, y exigidos por el otro. Como lo he dicho antes: salven ustedes la patria.

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