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Lunes, 17 de diciembre de 2018

En días recientes, las autoridades europeas han centrado su atención en un nuevo reto: el de la aplicación de las normas de competencia a los gigantes del e-commerce que actúan, al mismo tiempo, como plataforma tecnológica y como retailer.

De hecho, hace menos de un mes los medios le dieron gran despliegue a la apertura, por parte de la Oficina Federal de Cárteles de Alemania (Bundeskartellamt), de una investigación en contra de Amazon por un supuesto abuso de su posición dominante. El abuso sería el resultado de su doble calidad de minorista y de plataforma en línea para comercio electrónico.

Según la autoridad, Amazon estaría aprovechándose del predominio derivado de su plataforma, para sacar ventajas en su negocio minorista.

Lo anterior se suma al anuncio de Margrethe Vestager, Comisaría de Competencia de la Unión Europea, del inicio de una averiguación preliminar, por parte de la autoridad de competencia europea, para determinar si Amazon habría usado información de los minoristas que venden sus productos a través de su plataforma, con el fin de utilizarla para replicar esos productos y venderlos a menores precios, obteniendo ventajas respecto de los pequeños minoristas.

El escrutinio de las autoridades de competencia sobre Amazon ha trascendido el continente europeo. En Estados Unidos también se ha ido fraguando un debate acerca de si las normas de competencia de ese país, que se enfocan principalmente en el bienestar de los consumidores (consumer welfare), son insuficientes para abordar las amenazas que podrían representar empresas como Amazon, para sus competidores y consumidores.

Ese debate se originó en un artículo escrito en el 2017 por Lina M. Khan “Amazon’s Antitrust Paradox”, difundido ampliamente por los medios, en el que la autora argumenta que la tradicional visión norteamericana, consistente en evaluar los efectos nocivos de las conductas restrictivas de la competencia, en los precios y en el bienestar de los consumidores, no es suficiente para apreciar los riesgos de los precios predatorios y de la integración vertical en la que podría estar incurriendo Amazon.

Khan y sus seguidores han llegado al extremo de proponer que la empresa sea dividida, tal como ocurrió en los albores de la legislación antitrust norteamericana con el icónico caso de Standard Oil de Rockefeller.

Sin embargo, esta corriente también ha encontrado fuertes y sustentadas críticas por parte de quienes argumentan que no puede desconocerse que para los consumidores los efectos de la circunstancia cuestionada han sido positivos toda vez que ellos se han beneficiado de una mayor oferta, precios más bajos, y de productos más adecuados a sus gustos y necesidades.

Este asunto, como bien lo denomina Khan, da origen a una paradoja que las autoridades de competencia a nivel mundial tendrán que resolver.

En todo caso, la aproximación en relación con este fenómeno no puede caer en el populismo a lo Robin Hood, que en los últimos años se ha visto con frecuencia en estas latitudes, de tal manera que se termine atacando a este tipo de compañías simplemente por su tamaño o por su origen. Ello podría poner en peligro la iniciativa privada. El enfoque podría consistir más bien en adoptar las medidas necesarias para proteger ante todo a los consumidores y para prevenir los abusos que puedan presentarse.