En la reunión de la junta del lunes el representante legal comenzó con una frase que sonó a aviso meteorológico: “Arranquemos por el contexto” ... Todo el mundo se quedó mudo, pues en 2026 el contexto ya no es diapositiva: es coprotagonista. Después de la reunión, y mientras el CFO seguía hablando de costos, tuve mi propio debate mental —ese que se repite cada vez que intento escribir algo útil para clientes y colegas—: ¿lo escribo yo, a pulso, con mis dudas y mis sesgos… o lo escribe la IA, mejor, más rápido, con más información? Y ahí entendí que 2026 no solo tensiona balances; tensiona algo más delicado: la forma en que ejercemos responsabilidad y criterio.
Ante la evidente incertidumbre presente este año, la ley societaria colombiana no le exige a los administradores infalibilidad ni clarividencia. Les exige diligencia, lealtad y actuar en interés de la sociedad, con la disciplina de quien sabe que el lunes decide y el jueves explica a socios, auditores, reguladores, jueces o prensa. En 2026, el “yo no sabía” vale cada vez menos si la junta nunca preguntó, si el representante legal nunca documentó o si el gobierno corporativo fue un ritual de aprobación automática. El estándar real es: ¿qué se hizo razonablemente para anticipar, mitigar y decidir? Y, sobre todo ¿quién discutió y dónde quedó documentada la discusión acerca de los siguientes cinco ruidos?:
(1) Macroeconomía y costos laborales. El alto incremento del salario mínimo y el consecuente aumento del costo laboral seguirán presionando a sectores intensivos en mano de obra. La discusión no es ideológica: es de decisiones. ¿Cómo se absorbe el incremento sin romper la operación ni infringir normas laborales? Si la junta no gobierna ese impacto con datos y alternativas, descuida un factor determinante.
(2) El peso colombiano y la ilusión de estabilidad. La revaluación o la volatilidad pueden ser el canto de sirena que lleva a asumir riesgos cambiarios como si fueran clima. En 2026, la pregunta prudente que debe hacer un representante legal o miembro de junta directiva no es ¿sube o baja el dólar?, sino ¿qué pasa si cambia el supuesto y a quién le explota?
(3) Geopolítica regional. Aranceles a exportaciones, tensiones bilaterales, cadenas logísticas. La región está demasiado cerca como para pensarla “externa”. Y una junta que no hace stress test de su dependencia comercial está gestionando el negocio dejándoselo a la suerte.
(4) Ciberseguridad. El ataque no pide permiso para entrar en la agenda. En 2026, la ciberseguridad es un asunto de junta porque compromete continuidad operativa, datos personales, contratos con terceros y reputación. Y porque, después del incidente, la pregunta no es técnica: es jurídica. ¿Qué controles existían?, ¿quién supervisó?, ¿qué se aprobó?, ¿qué se ignoró? ¿cuál es nuestro nivel de responsabilidad? ¿a qué sanciones estamos expuestos?
Hasta aquí, todo suena exigente, aunque manejable…Pero aparece el quinto ruido:
(5) La IA en 2026 ya no será “piloto”. Será hábito: en recursos humanos, en ventas, en atención al cliente, en finanzas, etc. Y ahí nace una paradoja: la IA reduce tiempos, pero aumenta responsabilidad. Porque cuando una organización automatiza decisiones y procesos, el administrador no puede esconderse detrás del algoritmo. La pregunta vuelve a ser de diligencia: ¿qué datos entrenan el modelo?, ¿qué sesgos puede amplificar?, ¿qué información sensible puede filtrar?, ¿qué terceros intervienen?, ¿cómo se audita? En pocas palabras: en 2026, administrar no solo es navegar macro y regulación; es gobernar tecnología con alto sentido ético y de responsabilidad.
Pero, insisto: ¿escribo yo… o la IA? Cada vez que intento convertir todo esto en una columna útil me sale la Voz 1: —Escríbelo tú. Escribir es pensar. Es ordenar el caos. Es construir criterio. Y aparece la Voz 2, la eficiente: —¿Para qué? La IA puede hacerlo más rápido, con mejor estructura, con más información. Para justificarme, pensé en lo que hace décadas ocurrió en el ajedrez: no siempre ganaba el humano ni siempre ganaba la máquina; muchas veces ganaba el equipo humano+máquina. Así que aterricé en el concepto cursi pero eficaz del “abogado centauro”: el que combina juicio humano con potencia algorítmica. El que no usa IA para parecer brillante; la usa para ser más útil. No delega el criterio; delega la fricción. Usa la IA para explorar escenarios, ordenar fuentes, mejorar claridad, descubrir contraargumentos. Y luego hace lo indelegable: decide el énfasis, asume la posición y firma con responsabilidad.
Ese debate no es literario. Es profesional. Es la misma discusión que hoy sucede o que tienen que comenzar a dar las juntas directivas y los representantes legales: ¿qué delego?, ¿qué superviso?, ¿qué no puedo delegar jamás? Porque una cosa es apoyarse en herramientas; otra es abdicar del juicio. La responsabilidad no exige hacerlo todo solo; exige saber qué se delega, con qué controles, y cómo se mantiene el criterio. Administrar y asesorar en 2026 ya no es solo navegar entre cifras y regulaciones: es gobernar la tecnología y el contexto con juicio propio.
Cierro con una pregunta que parece inevitable: si hoy la mayor amenaza no es la falta de información, sino la velocidad con la que decidimos… ¿Quién está gobernando su criterio: usted, su junta… o el algoritmo del día? Porque en 2026, administrar y asesorar sin excusas es asumir que el contexto, la tecnología y la responsabilidad ya no son diapositivas: son protagonistas.
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