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OPINIÓN

La reforma tributaria que todos necesitamos

01 de mayo de 2026

Nicole Ríos Martínez

Socia de Derecho Tributario, Aduanas y Comercio Internacional
Canal de noticias de Asuntos Legales

Colombia enfrenta un reto fiscal enorme: los ingresos tributarios no alcanzan para cubrir el gasto público. Al 2025, las cifras oficiales mostraban un faltante de COP9.5billones frente a la meta de recaudo.

La respuesta a ese desbalance no puede seguir siendo: buscar “emergencias” para que el Ejecutivo expida decretos con medidas fiscales, saltándose el debate legislativo y repitiendo fórmulas que parecen tener un solo propósito: seguir cazando en el zoológico. Además de ineficaces, erosionan la separación de poderes y terminan cayéndose ante un control constitucional.

En la última década hemos vivido 10 reformas tributarias y, en el último año, hasta 5 decretos de emergencia. Siempre he escuchado la frase: “nos falta una reforma estructural”. Pero ¿qué significa eso? O más bien: ¿cuál es la reforma que de verdad necesitamos?

Siempre he sostenido que el problema no son los contribuyentes que están plenamente identificados, que declaran y pagan. Ósea, los que ya estamos dentro del zoológico de la DIAN. El problema son los que se quedan por fuera. El recaudo está altamente concentrado: los llamados Grandes Contribuyentes aportan hasta el 60% del recaudo bruto total administrado por la DIAN y éstos son solo 2.659 empresas. Mientras tanto, en personas naturales, el reto sigue siendo ampliar la base. Pues allí se juega buena parte de la equidad y la sostenibilidad fiscal.

Se debe atacar la evasión. La tecnificación de la DIAN ayuda, pero sus cruces de información provienen, en gran medida, del sector formal y bancarizado. Si queremos incorporar a los que están por fuera, toca formalizarlos y bancarizarlos. Propongo tres premisas básicas.

La primera es simplificar el sistema. Aunque su complejidad nos genera trabajo, es una piedra en el zapato para la formalidad. Aplaudo la creación del régimen SIMPLE del gobierno Duque, pero debemos simplificarlo aún más y ampliar los negocios que pueden acceder a él.

Lo segundo es el impuesto de renta empresarial, históricamente alto y volátil. Una promesa creíble de no aumentar la tarifa nominal y aminorar la tasa efectiva de tributación es necesaria para generar confianza inversionista y ánimo empresarial. Una empresa paga el 35% en renta, pero cuando traslade la utilidad al accionista, esta utilidad o dividendo, se queda en el camino con otro 15% de retención (20% para los no residentes). Con los dividendos en el bolsillo, esto no para ahí. El accionista puede tributar hasta el 39% (menos la retención) en su propia declaración de renta. Las cuentas de servilleta apuntan a que un mismo hecho económico (que inició en la empresa) y hasta que el accionista pueda disfrutarlos, se queda un 56% en el camino en impuestos. Por eso nos buscan a nosotros.

Tercero, no podemos obligar a la formalidad y a la bancarización (pilares para prevenir la evasión y promover el cruce de información) si mover dinero en el banco sigue siendo caro. Debemos eliminar el nefasto 4xmil que desmotiva la bancarización y encarece un sistema financiero de por si bastante caro. Esta situación es atípica cuando comparas Colombia con otros países en donde no existen estos esos costos.

El próximo gobierno debería comprometerse con un pacto de estabilidad y simplicidad tributaria. La DIAN es ese “socio oculto” de todos: no aporta capital, pero participa del resultado. Ojalá a los candidatos no se le olvide que, para que haya más que repartir, hay que promover que la torta sea cada vez más grande. Eso se logra impulsando los negocios, no ahogándolos.

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