El ejercicio del derecho ha sabido evolucionar a la par del desarrollo de grandes invenciones humanas. Para la muestra un botón: el internet y, en general, la llegada de las búsquedas rápidas y la digitalización, se hicieron presentes y, con estas, la evolución en la forma en que se llevan procesos, se revisan expedientes, se implementan controles, se revisan documentos y, en general, se canaliza la información.
Desde hace algunos años se ha venido hablando del impacto que tiene - y tendrá - la inteligencia artificial para el desarrollo de la actividad jurídica. ¿Desapareceremos como profesión? Sin vacilación me atrevo a decir que no; evolucionaremos.
La revolución que supone la inteligencia artificial en el campo jurídico plantea desafíos y obliga a replantear la forma en que los juristas aprendemos y desarrollamos nuestra capacidad de pensar. A veces se olvida que ese sigue siendo el mayor diferencial que tenemos frente a la máquina: analizar e interpretar.
La forma en la cual se enseña el derecho y, en consecuencia, la forma en la cual se aprende, debe orientarse a aprender a pensar. La abundancia de información disponible y la facilidad para acceder a ella, generan un riesgo latente de aceptar pasivamente, y sin mayor cuestionamiento, esta como cierta, y es justamente allí donde el desarrollo del razonamiento crítico, argumentativo y la creatividad para cuestionar - que quiérase o no sigue siendo de vital importancia - cobra sentido.
La tarea fundamental para quienes tenemos el privilegio y la inmensa responsabilidad de ser docentes - y concretamente en las facultades de derecho del país - radica en ser capaces de hacer ver a las nuevas generaciones que no existe una competencia con la inteligencia artificial, sino una coexistencia. De su apropiada comprensión y utilización se pueden construir grandes avances, fortaleciendo el juicio humano, el cual, por fortuna, no se pierde.
Dentro de este contexto, el derecho deja de ser una mera ciencia de memorización, como a veces se concebía, para convertirse en una disciplina en donde el pensamiento crítico adquiere un valor central. Ya no se trata de aprender el texto o el artículo en su literalidad (aunque ello sigue siendo una herramienta valiosa), sino su interpretación; ya no se trata de recitar hechos de memoria, sino de comprender cómo estos, a partir de una síntesis adecuada, pueden ser utilizados para resolver un determinado problema jurídico. A diferencia de una ciencia exacta, el derecho parte de la base de que sus problemas suelen admitir diversas respuestas, derivadas del arte de interpretar, lo cual constituye una ganancia para el intelecto.
La inteligencia artificial llegó para quedarse, es una realidad palpable, y eso está bien. La formación jurídica tiene así la inmensa oportunidad de adaptarse a esta y transformar su enseñanza hacia el desarrollo de un pensamiento crítico que vaya más allá de “lo que el sistema me dice”. Cuanto más capaz es un sistema de producir respuestas, más determinante será que los juristas seamos capaces de formular preguntas, interpretar contextos y emitir juicios de valor.
En definitiva, la inteligencia artificial no representa, por fortuna, el final trágico del ejercicio del derecho como disciplina ni de quienes lo ejercemos, sino el inicio de una nueva etapa que, como ha ocurrido con otros grandes desarrollos que han transformado y enriquecido a la sociedad a lo largo de la historia, exige mayor desarrollo del pensamiento crítico, el cual será cada vez más determinante. Enseñemos a pensar: esa es la consigna.
¿Quiere publicar su edicto en línea?
Contáctenos vía WhatsApp