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OPINIÓN

El poder de enseñar derecho

16 de octubre de 2026

Santiago Bonivento

Profesor de derecho Pontificia Universidad Javeriana y Colegio de Estudios Superiores de Administración, Cesa
Canal de noticias de Asuntos Legales

En mayo de 2021, después de algunos meses dedicados a mi proyecto de grado, recibí mi título como abogado. Con él, llegó también una responsabilidad maravillosa: hacer del derecho no solo mi profesión, sino mi camino de vida, mi proyecto y una vocación que acompañara cada día de mi ejercicio profesional.

En ese momento, quizá no era plenamente consciente de los retos que vendrían, de las preguntas que tendría que resolver ni de las veces en que la realidad me llevaría a cuestionar aquello que había aprendido en las aulas o, dicho de otra manera, de ir más allá de lo que había aprendido en ellas. Eso sí, tenía una certeza clara: ejercer el derecho implicaría mucho más que conocer normas, interpretar leyes o construir argumentos.

Con el pasar del tiempo, de ires y venires, satisfacciones, retos y desafíos, empecé a evidenciar que ese camino no se recorre en solitario y que hay personas que, con sus conocimientos, exigencias y, quizá en un nivel trascendental, con su ejemplo, enseñan a mirar el ejercicio de la profesión desde perspectivas que valen, y mucho, la pena.

Hoy, como docente, intento emular sus enseñanzas. De ellos y ellas he comprendido que el rigor jurídico, además de ser una ciencia, es un arte, y que cada argumento lleva detrás un análisis minucioso. Pero, a la vez, que la ética profesional marca la diferencia y esta se manifiesta en las decisiones cotidianas, en el reconocimiento de los propios límites (“no sé, pero lo investigo”) y en la responsabilidad con la que se aconseja una transacción, un cliente o un caso.

En lo personal, esas enseñanzas, que trascienden lo jurídico, adquieren especial relevancia en una profesión, como la abogacía, que sí que evoluciona de forma permanente, sistemática y rápida. Los cambios normativos, las nuevas tecnologías, los retos sociales y un largo etcétera, exigen que la profesión esté en constante evolución. Es allí, justamente, en donde los maestros enseñan a formular buenas preguntas, examinar con detalle quirúrgico y nunca perder de vista la importancia en la actualización normativa.

Tengo, desde hace varios años, la inmensa fortuna de ser docente. Una experiencia que me ha permitido descubrir que enseñar derecho, incluso para estudiantes que no se preparan propiamente para ser juristas, pero ven, en nuestra profesión, un complemento especial para las suyas, es una oportunidad maravillosa para acompañar la formación de futuras generaciones.

Con el pasar de estos últimos años he llegado a valorar aún más a quienes fueron mis maestros durante mi paso por la carrera de derecho. Hoy entiendo, desde el otro lado del aula, la dedicación que exige enseñar y la importancia de procurar que aquello que compartimos trascienda ese espacio físico. Ser docente, con cada una de sus letras, me ha permitido comprender mejor el legado de quienes me formaron y reconocer que muchas de las enseñanzas que más perduran, en mi caso, son aquellas que se transmiten a través del ejemplo y la pasión por el conocimiento.

En ese sentido, enseñar derecho también se ha convertido para mí en una forma de agradecer. De reconocer a quienes, antes que yo, dedicaron tiempo y esfuerzo a mi formación y que hoy continúan inspirándome a ser un mejor jurista, un mejor profesional y, especialmente, un mejor profesor por y para mis estudiantes.

Este mes, desde 1994, se conmemora el día mundial de los y las docentes, conmemorando el aniversario de la suscripción de la Recomendación relativa a la condición del personal docente de la Unesco. Y, por eso, mi escrito en Asuntos Legales es un homenaje para quienes han marcado mi camino profesional en el ámbito jurídico y que siguen inspirando, con su actuar, mi deseo por ser un mejor abogado y un mejor docente día a día. Enseñar derecho no consiste única y exclusivamente en transmitir conocimientos. Consiste, también, en despertar preguntas y promover el ejercicio responsable de una profesión que impacta la vida de miles (o, mejor, millones) de personas.

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