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¿El fin de la hora facturable o el nacimiento de un nuevo abogado?

15 de agosto de 2026

William David Hernández Martínez

Director de la Maestría en Derecho de la Empresa y de los Negocios Universidad de La Sabana
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Hace apenas unos días, distintos medios especializados reprodujeron una de las conclusiones más llamativas del más reciente informe de Deloitte Legal sobre inteligencia artificial y el sector jurídico : la IA está acelerando el fin de la facturación por horas en los despachos de abogados. La noticia rápidamente ocupó titulares y alimentó un debate que, desde hace años, parecía inevitable. Sin embargo, reducir el impacto de la inteligencia artificial al modelo de honorarios es quedarse apenas en la superficie del fenómeno.

En realidad, la discusión no es cuánto cobrarán los abogados en el corto plazo, sino por qué estarán dispuestos a pagarles sus clientes. La inteligencia artificial no solo está transformando la forma de trabajar; está obligando a replantear cuál es el verdadero valor del servicio jurídico. Por eso, quizá la pregunta relevante no sea si desaparecerá la hora facturable, sino qué significa ser un abogado valioso cuando buena parte del trabajo que antes consumía tiempo puede realizarse en cuestión de minutos.

¿La IA realmente acabará con la facturación por horas?

Todo indica que el modelo perderá protagonismo. El informe de Deloitte proyecta una reducción significativa de la facturación por horas durante los próximos años, mientras aumentan los esquemas de precios fijos, honorarios por resultados y modelos basados en valor. La explicación es sencilla: cuando una tarea que antes requería diez horas ahora puede completarse en una, resulta difícil convencer al cliente de que siga pagando como si nada hubiera cambiado.

Pero, aquí está lo importante, la hora facturable nunca fue el verdadero negocio de la abogacía. Durante décadas fue simplemente una forma razonable de aproximarse al valor de un servicio cuya calidad era difícil de medir. El tiempo funcionó como una medida indirecta del esfuerzo, de la experiencia y de la dedicación profesional. La inteligencia artificial rompe por primera vez esa equivalencia. Hoy es posible producir un excelente primer borrador en minutos, revisar cientos de contratos en una fracción del tiempo habitual o identificar rápidamente precedentes relevantes.

El esfuerzo disminuye, pero la responsabilidad profesional permanece intacta. Por eso, el verdadero cambio no consiste en abandonar una forma de cobrar, sino en aceptar que el mercado comenzará a pagar menos por el tiempo invertido y mucho más por la calidad del criterio, la capacidad de anticipar riesgos y la seguridad de las decisiones jurídicas.

Si el tiempo deja de medir el valor, ¿qué hará “valioso” a un abogado?

La respuesta no está en comprar más herramientas de IA. De hecho, ese es uno de los mensajes más interesantes que dejan Deloitte y otros informes publicados este año por Thomson Reuters , Wolters Kluwer y Clio : la tecnología tenderá a convertirse en un recurso ampliamente disponible. La verdadera ventaja competitiva estará en aquello que la alimenta.

En otras palabras, el activo más valioso de un despacho dejará de ser únicamente el número de abogados que integra su plantilla y pasará a ser la calidad del conocimiento que ha logrado construir durante años: sus precedentes, su experiencia acumulada, sus metodologías, sus bases documentales y su capacidad para convertir ese conocimiento en soluciones consistentes y reutilizables. La IA democratiza el acceso a la tecnología, pero vuelve mucho más escaso el conocimiento jurídico de calidad. Dos despachos pueden utilizar exactamente la misma herramienta, pero obtendrán resultados muy distintos si uno de ellos ha organizado su experiencia, documentado sus criterios y construido una verdadera gestión del conocimiento.

En ese contexto, el abogado también cambia. Su principal aporte ya no será producir documentos, sino interpretar contextos, diseñar estrategias, asumir responsabilidades, negociar soluciones y tomar decisiones allí donde la inteligencia artificial todavía necesita supervisión humana. El cliente seguirá valorando la rapidez, pero contratará, sobre todo, la capacidad de resolver problemas complejos con criterio.

¿Y quién formará a los buenos abogados del futuro?

Quizá esta sea la pregunta más importante de todas y, paradójicamente, la menos discutida. Durante generaciones, los abogados aprendieron revisando expedientes, comparando contratos, buscando jurisprudencia y preparando borradores que luego eran corregidos por profesionales con mayor experiencia. Precisamente esas son hoy algunas de las tareas que la inteligencia artificial realiza con mayor eficiencia.

Si las nuevas generaciones ya no recorrerán ese camino, ¿cómo desarrollarán el juicio jurídico que necesitarán para supervisar, cuestionar y, cuando sea necesario, corregir a la propia inteligencia artificial?

La respuesta exigirá transformar tanto a los despachos como a las facultades de Derecho. Enseñar a utilizar herramientas de IA será importante, pero insuficiente. El verdadero reto consistirá en formar profesionales capaces de pensar críticamente, comprender el contexto de los conflictos, asumir responsabilidades y ejercer un criterio que ninguna herramienta puede automatizar.

Al final, quizá la inteligencia artificial no termine reemplazando a los abogados. El desafío será mucho más profundo: asegurar que las próximas generaciones tengan suficientes oportunidades para convertirse, precisamente, en buenos abogados.

 

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