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Miércoles, 3 de septiembre de 2014

Mientras Fidel Castro se dedica a endilgar los problemas del mundo a estadounidenses y europeos (acaba de escribir “triunfan las ideas justas o triunfará el desastre”), a Raúl Castro le corresponde tomar en serio los destinos de una isla que no ha podido asimilar los intentos reformistas adelantados desde la década anterior.

Si bien la población cubana hoy tiene en su favor algunas libertades que en el pasado no fueron posibles, la realidad es que la isla no va en la dirección que supondrían las reformas planteadas. 

Los avances no han sido significativos y se está evidenciando un periodo de estancamiento que pone al país en condiciones similares a las presentadas cuando se encontraba soportado por el obsoleto régimen soviético. Hasta ahora no se puede hacer referencia ni siquiera a una sola reforma estructural en la nación caribeña.

Todas han sido medidas de reacomodamiento, orientadas a un incipiente sistema de microcrédito y posibilidades de acceso a algún tipo de propiedad privada, salarios y derechos hereditarios. 

Pero no se ha atacado de lleno el problema de la dualidad monetaria, por ejemplo. Tampoco el sistema financiero ha entrado en una revisión profunda. Ni siquiera el hecho de establecer nuevos vínculos internacionales ha sabido aprovecharse en beneficio de un proceso que, de acuerdo con el mismo Castro, debiera estar bastante adelantado para 2018, año en que, según ha indicado, abandonará el poder.

Actualmente la isla continúa recibiendo la visita de líderes globales. Pero no es con fotos, abrazos y apretones de mano que se lograrán los profundos cambios en ella. Es necesario sintonizarse con la realidad y no seguir pensando el mundo desde una burbuja en medio del mar Caribe.

 Desde finales del año anterior, John Kerry, el jefe de la diplomacia estadounidense, predecía que la isla estaba urgida de mayor dinamismo en las reformas si su gobierno no quería llegar al estancamiento. 

Vale la pena recordar que con la llegada de Barack Obama a la administración norteamericana se presentó una flexibilización en los viajes entre ambos países, lo que llevó a que el flujo de capitales proveniente de turistas estadounidenses diera un aliento a la estropeada economía cubana.

Medidas como la adoptada recientemente de poder comprar automóviles nuevos (importados) sin la necesidad de un permiso del gobierno, la de procurar atracción de inversionistas con la puesta en funcionamiento de la zona económica especial del Puerto de Mariel, o la de poder salir de la isla sin tener que tramitar la “carta blanca” que el gobierno otorgaba para viajar al extranjero, no han sido suficientes para poner al país a tono con las demandas del siglo XXI.

Ahora el gobierno cubano ha determinado endurecer las reglas para la entrada de bienes extranjeros con la idea de que su proceso de reformas se adapte y lleve a la estabilización de la economía estatal. 

Es decir, ha entrado en contradicción con lo propuesto desde 2009. Tales medidas procuran obligar tanto a individuos como a empresas del sector privado a comprar directamente al Estado, antes que importar de otros lugares. 

Esto significa que Cuba sigue siendo un país de atrasos en lo que a sistema económico se refiere, con múltiples trabas que impiden la libertad de comprar lo que se desea. 

Para muchas personas, eso se contrarresta con políticas de alfabetismo y salud, para otras muchas, definitivamente no es así.