Agregue a sus temas de interés

Agregue a sus temas de interés Cerrar

Martes, 28 de julio de 2015

En los tres casos, los Estados gobernados por mujeres están padeciendo de un fenómeno que hasta hace no muchos años era tema exclusivo de los mandatos presidenciales masculinos. El arraigo por el poder ha llevado a niveles inéditos de impopularidad en los ejercicios políticos de esas naciones. Lo más infortunado es que en todos los casos las presidentas llegaron a ser las más queridas por sus gobernados.

Argentina tiene en el poder a Cristina Fernández desde hace ya nueve años. Su llegada a la Casa Rosada en 2007 generó grandes motivaciones en el electorado que, al observar las políticas continuistas del Justicialismo, la ubicaron en un 70% de aceptación por parte del pueblo argentino. 

Su manera de hacer política y la efectividad con que enfrentó esos primeros años de gobierno la catalogaron como una líder de pocos cuestionamientos en el escenario latinoamericano. No obstante, llegó diciembre de 2011 y en su empeño por no salir del palacio presidencial detentó el poder por cuatro años más. Con la reelección trazó el camino a la decadencia de su imagen. Hoy ronda por debajo del 50% (que, en realidad no es tan negativo), atribuible a las rarezas en torno a la muerte del fiscal Nisman, al desacertado manejo estatal frente al impacto de la crisis económica regional y al proselitismo para que su hijo llegue al Congreso, entre otras cosas.

Brasil tiene en su más alta magistratura a Dilma Rousseff, quien logró tal posición en 2010 y asumió a partir del primero de enero de 2011. Rousseff, quien tuvo un primer mandato de alta puntuación, determinó quedarse en el poder para un segundo periodo en 2014, del que sólo han transcurrido siete meses. 

En esta secuencia, la presidenta brasileña pasó de detentar un 77% en su primer año de gestión pública a un pobre 9% que refleja la debilidad de una administración incapaz de enfrentar los principales efectos del estancamiento económico regional y que se ha visto envuelta en los más sonados casos de corrupción. Incluso, a pesar de haber gestado cuanto rotación ministerial se ha podido dar.

Chile es liderado, desde la posición más alta del poder ejecutivo, por Michelle Bachellet. Llegó al Palacio de la Moneda en 2006 y, en su mejor momento, alcanzó una popularidad inigualable de 84%, lograda en la recta final de su primera administración. Para el periodo 2014-18, decidió emprender el camino a la reelección y lo logró. No obstante, hoy es una de las figuras presidenciales de más baja aceptación regional. Tanto los efectos del mal momento económico, como temas de corrupción, no sólo de su gobierno sino además de su familia, le han desacreditado profundamente. En la actualidad cuenta con una tasa de credibilidad (aceptación) del 19% que no se compadece con su anterior gestión.

En todos los casos es posible evidenciar un agotamiento del ejercicio gubernamental. No sólo su entorno, sino la falta de innovación política y la obstinación con sistemas que las han asediado desde todos los flancos posibles, tienen a las presidentas de América Latina en una situación indeseable. Bastaría imaginar si las tres hubiesen decidido cumplir con su papel, administrando por un simple periodo y dejando atrás la obsesión que el ser humano siente frente al poder, para comprender que otra sería la pintura que de ellas se hubiese guardado para la historia latinoamericana.