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Jorge Humberto Peláez viernes, 30 de septiembre de 2016

Me han impactado los encuentros entre las víctimas y los comandantes guerrilleros. Estoy viendo que quienes han sido víctimas directas del conflicto armado están más dispuestas a la reconciliación que quienes han estado al margen de la guerra y no han escuchado la detonación de los cilindros bomba. 

Los Acuerdos no son un asunto de interés exclusivo del Gobierno Nacional ni de un grupo de expertos, sino que afectan la vida de todos los colombianos. Han sido muy saludables las discusiones sobre la dimensión jurídica de los Acuerdos (justicia transicional, tribunales especiales); sobre la dimensión política (su transformación en partido político y su presencia en el Congreso de la República); sobre la dimensión económica (¿cuánto nos costará el posconflicto?). 

Todos estos temas son de la mayor importancia. Pero hay una ausencia lamentable en los apasionados debates que se están dando en el país. Nadie habla de la dimensión ética de la paz. ¿Qué significa esto? Significa que el país con el que soñamos debe ser construido desde lo más profundo del ser humano y desde los cimientos de la convivencia social. 

Durante cinco décadas hemos estado enfrentados porque somos terriblemente intolerantes y porque hay unas escandalosas injusticias.

Hablemos, en primer lugar, de la intolerancia. Tenemos que aprender a convivir en un país nuevo en el que sea posible pensar de una manera diferente. Que no sea letra muerta lo que afirma la Constitución del 91, que declara que Colombia es un país pluriétnico y multicultural. Tenemos que aprender a respetar las diferencias políticas, de modelo socio-económico, religiosas, de orientación sexual. Esta educación para la tolerancia debe trabajarse, de manera sistemática, en las escuelas, colegios y universidades, pero sin caer en la trampa de nuevas ideologías, pues sería peor la medicina que la enfermedad. Este trabajo sistemático debe ser realizado con los alumnos y con los padres de familia. Si los hogares son escenario de violencia intrafamiliar, este modo de relacionamiento se trasladará a la sociedad como un todo. La ética civil o ciudadana debe sembrarse en las mentes y corazones de los colombianos desde los primeros años.

Hablemos, en segundo lugar, de las escandalosas injusticias. Aunque las estadísticas nos muestran un fortalecimiento de la clase media, hay millones de compatriotas que están privados de los derechos fundamentales, particularmente en las áreas rurales. No podrá haber paz si no derribamos los muros de inequidad.

En esto juegan un papel fundamental las políticas públicas y la inversión del Estado. En los Acuerdos de la Habana hay unas propuestas muy interesantes. Pero lo acordado será simple discurso si no se pone freno a la aterradora corrupción que devora los recursos destinados a la educación, la salud, la infraestructura, etc.

Estoy convencido de que una educación de calidad es el instrumento más poderoso para construir una Colombia en paz. La educación de calidad genera movilidad social, ofrece oportunidades, cierra brechas sociales, nos hace competitivos en los mercados internacionales. ¡Que no se nos olvide: Una paz duradera se construye desde lo más profundo de las personas y de las estructuras. ¡Desde los valores éticos!

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