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Alejandro Arias viernes, 22 de junio de 2012

La molestia de la Embajada Francesa derivó por los cinco meses que cumpliera la retención, por parte de la Dian, de cuatro barcos de lujo con afección de cinco ciudadanos franceses que creyeron poder visitar la ciudad sin inconvenientes luego de darle la vuelta al mundo.

Los problemas, que alcanzaron ribetes diplomático, iniciaron con la retención del barco del ciudadano francés Gilles Pfeiffer el pasado 17 de enero junto con otros dos barcos de lujos, igualmente franceses, a los que la Dian les negó el permiso de Importación Temporal. Situación que se complicó atendiendo el hecho que estas naves constituían igualmente la residencia de los turistas.

Lo cierto es que a lo largo de esta crisis, que evidencia la incapacidad de la ciudad para afrontar las complejidades de este tipo de turismo, ninguna autoridad local se pronunció. Los ciudadanos franceses se quejaron de la inexistencia de gestión alguna por parte de las autoridades turísticas máxime cuando vinieron a hacer turismo bajo el entendido de estar, la ciudad, preparada para el turismo de clase mundial. Pero en la que finalmente nunca encontraron garantías y por ello la Embajada de Francia se vio obligada a actuar en su defensa.

Si bien es cierto que esta debacle empezó con la pésima gestión de Dino Alfonso Melo, Agente Maritimo de la ciudad quien tuvo a su cargo las gestiones de licenciamiento, ante la Dian, de la nave de Pfeiffer. El turista francés terminó viviendo una aburridora experiencia por cuenta de la burocrática negligencia de las autoridades colombianas.

Su Katamaran Samara II fue incautado por la Dian debido a la tardía presentación de unos documentos ante esta entidad. Ahí empezó un martirio para este turista que a pesar de haber contado con el apoyo de la Embajada de Francia, su oficina Consular, los ejecutivos de la Marina, el apoyo de los medios de comunicación, entre otros, no se pudo resolver antes.

Todo este incidente, por encima de lo kafkiano que resultó, demuestra y prende las alarmas sobre la urgencia de la implementación de una oficina de turismo en la ciudad que atienda estas complejidades y la urgencia de adelantar los ajustes necesarios en materia legal y administrativa por parte de las autoridades nacionales y locales si de verdad queremos atraer este tipo de turismo internacional a nuestro País y nuestra ciudad.

No es posible que se someta a los turistas inadvertidos que visitan a Santa Marta a esta tortura de procedimientos burocráticos inentendibles para un extranjero sobre la base de una legislación obsoleta y narcotizada, que se debe renovar con prontitud. No hay dudas que la Marina debe revisar, sin lugar a dudas, las recomendaciones que la de a sus usuarios, lo cual esperamos hayan aprendido. Pero la Dian, la Alcaldía y en general todos los estamentos deben ponerse de acuerdo en cómo es que queremos atender a los turistas y cuál es la imagen que queremos proyectar de nuestra ciudad.

Felizmente, la Dian ya resolvió devolverle el Katamaran a Gilles quien podrá zarpar esta semana tan pronto sea autorizado. Por su parte, la Marina tomó la decisión de no cobrarle un solo centavo por la estadía en sus instalaciones, lo cual ayuda a mejorar la pesadilla, y el cónsul de Francia quedará con el sabor amargo del deber cumplido.

Resultó lamentable el cuadro de Pfeiffer quien lloró cuando supo que se podía ir. Lloró porque por fin podía dejar atrás la pesadilla vivida en Santa Marta.

En lo corrido de este año hay documentadas siete muertes por cuenta del paseo de la muerte.

 

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