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Fernando Álvarez Rojas lunes, 15 de octubre de 2012

La guerra deja cicatrices de todo tipo: las físicas, el miembro mutilado, la capacidad reducida. Al lado de los rastros visibles, están los que no se ven por estar en el alma: las horas pasadas en un asalto; el compañero muerto, el padre perdido, el desplazamiento. Huellas ambas que ponen dolorosamente de presente algo que sin la guerra no hubiese sucedido.

La paz es perdón. La paz es el beneficio para otros de que lo que se vivió en carne propia no les suceda; es el convencimiento de que la violencia no es una vía posible en la solución de las diferencias. La paz es un acto de generosidad de quien perdona, es un pensar lleno de convicción ética a favor de las generaciones presentes y futuras a las que se evita los perjuicios derivados del conflicto bélico.

La paz también exige olvido, pero el olvido es institucional, es del derecho que deja de perseguir como delincuentes a las facciones que desafiaron al orden; no puede ser personal ni cultural, pues si así fuera, no habríamos aprendido lo malo de la guerra, ni podríamos apreciar la bondad de la paz.

La guerra nos debe marcar como prueba superada. Debe quedar inscrita en la literatura, en el cine, en la pintura, para que ¡nunca más vuelva a pasar! No más huérfanos, viudas, secuestrados. ¡Nunca más hermanos contra hermanos!

El perdón y el olvido son catarsis.  El convencimiento indeclinable en la bondad de la paz tiene una fuerza transformadora que nos tiene que hacer más inclusivos, tolerantes, plurales, delicados y conscientes del otro.

La sostenibilidad de la paz exige eliminar las causas de la guerra.  Hay por delante un proceso de introspección profunda, de revisión sincera de lo que está mal para contritos, corregir. La paz sin la eliminación de las causas de la guerra, no es más que una tregua en un combate que por cualquier causa se renovará o, lo que es peor, se dispersará en miles de focos de violencia.

El Estado está creado con el fin específico de apaciguar el conflicto (Hobbes).  El hombre siempre tendrá una pulsión natural al poder de tal manera que el Estado debe ser lo suficientemente convincente para desestimular la imposición de la sin razón de la fuerza  sobre la razón institucional.  

Para que el Estado cumpla con su cometido, no hay posibilidad distinta a hacerlo justo.  La justicia hace la paz duradera.  El Papa Júan XXIII llamó a la comisión pontificia encargada de las relaciones sociales y políticas “iustitia et pax”; la justicia es el binomio indisoluble de la paz.

El Digesto define “Iustitia est constans et perpetua voluntas ius suum cuique tribuens”, la justicia es la perpetua voluntad de dar a cada uno su derecho. Este es el ejercicio que produce la paz. Hay injusticia en la pobreza extrema, en el premio dado al corrupto, en el reconocimiento y promoción inmerecida. Hay injusticia en la falta de oportunidades que frustran el deseo del que lucha, en la puerta que se cierra para muchos y se abre para otros gracias a la clientela. La injusticia arma el corazón que se rebela y al brazo que se alza para protestar.

Si la justicia impera no habrá bandera que enarbole la violencia. Iustitia fundamentum regnorum  (La justicia es el fundamento de los Estados).

El principal dispensador de justicia es el juez. Caminar hacia la paz es retornar a la probidad de la justicia y a la dignidad de las magistraturas. La promoción de la paz comienza por la dignificación de la justicia capaz de hacer desistir en ánimo perverso. Si la justicia se corrompe la sal de lo social se dañó.
 

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