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Abelardo De La Espriella Sábado, 7 de diciembre de 2013

Se fue Nelson Mandela, el hombre que transformó a un país a punta de amor y cariño; el gigante de largos dedos, cabello de algodón y sonrisa infinita, que despertó al mundo de un largo letargo de indiferencia e injusticias. Mandela era la prueba viviente de que se puede hacer política, en beneficio de todo un pueblo y no de los intereses de unos pocos. El legado de Mandela está repleto de sabiduría, grandeza y visión.

La mayor herencia que un gobernante puede dejarle a su gente es la cohesión social, la unidad y la concordia. Nada más nocivo para el futuro de una Nación que la polarización, que tanto divide y enfrenta (con mayor razón cuando se trata de países proclives a la violencia). Mandela supo desde siempre que su rol, en la fracturada Sudáfrica, consistía en servir de puente entre negros y blancos, a fin de cerrar la gigantesca brecha que otros políticos y sectores de la sociedad se habían dedicado a exacerbar. Nadie mejor que él para cumplir el cometido: Mandela era un ser superior que estaba por encima de las bajezas terrenales y que entendió, como ningún otro gobernante, que, para cambiar a un país, hay que recuperar su alma y su espíritu. 

El perdón fue un elemento fundamental en la vida de ese prodigio de la naturaleza que fue “Madiba” o “Tata”, como también era conocido Mandela: sublimó su dolor por casi tres décadas de injusto encarcelamiento y, cuando todos esperaban que se haría al poder con ánimo vindicativo y revanchista, extendió la mano a sus contradictores y verdugos para construir entre todos un país más civilizado y una sociedad más justa. Una verdadera lección de vida. Hombres como Mandela nos hacen reconciliar con el mundo, con la especie humana, con lo que somos y deberíamos ser. Mandela es un ejemplo tatuado en los huesos.

En esencia, todos los seres humanos somos iguales, todos destilaremos cadaverina un día. Igualdad es sinónimo de humanidad. Debajo de la piel, sea blanca, negra, amarilla o verde, hay sueños, esperanzas, amor y también maldad y muchos otros terribles sentimientos. Esa es nuestra condición: tenemos un lado claro y otro oscuro. Lo que resulta inteligente y apropiado es aplicarnos a fondo -como lo hizo Mandela- para explotar y potenciar el lado bueno y contener con todas las fuerzas la parte siniestra de nuestro ser.

Cuando una sociedad entiende y razona sobre la necesidad de la igualdad y el perdón, por más decadente que sea un país, es seguro que la luz al final del túnel se asomará. En esta época decembrina valdría la pena dejar de lado los rencores, aceptar que en la diferencia está sustentada la democracia, reconocer de una buena vez, por ejemplo, que los gais tienen los mismos derechos que los heterosexuales, que si queremos empezar a recorrer el largo camino hacia la paz, debemos acoger a los que dejen las armas.

Ojalá todos los colombianos aprendiéramos siquiera un poco de las enseñanzas de Mandela. Otra sería la historia, si nuestros gobernantes actuaran de forma similar a la del gran “Madiba”. 

La mejor manera de enseñar es dando ejemplo. ¡Y vaya si Mandela supo hacerlo!

La ñapa I. Gustavo Petro es el mejor alcalde que ha tenido Barranquilla: por cuenta de su desastroso gobierno en Bogotá, todo el mundo quiere coger para Curramba. 

La ñapa II. Soy ateo, pero debo confesar que cada día siento más admiración y respeto por el Papa Francisco. El sumo pontífice de los católicos me tiene cautivado.

La ñapa III. ¿A que se refería el general Maza Márquez, cuándo dijo en el programa “Los Informantes” que el cambio de Jefe de seguridad de Galán obedeció a chismes por líos de faldas? Vale la pena averiguar cuál era el lío y de quién era la falda.