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Gabrel Mesa sábado, 26 de septiembre de 2015

No, no me estoy despidiendo. Quiero decirles que hoy abordaré un asunto que tiene, como es obvio, algo de jurídico pero que ante todo es un tema profundamente humano; y aun cuando estas columnas generalmente no tienen por objeto promover ideas, en esta ocasión considero que el motivo plenamente lo justifica.

Me refiero a los colombianos que han sido vil y brutalmente expulsados de Venezuela y que regresan a Colombia despojados, no solo de sus pertenencias, de su pasado, de sus sueños, sino también de su dignidad; despojados de manera dolorosa y posiblemente irreversible. El artículo 1º de nuestra Carta Política es claro al establecer que “Colombia es un Estado social de derecho, organizado en forma de República…fundada en el respeto a la dignidad humana, en el trabajo y en la solidaridad de las personas que la integran”. Dicho enunciado no puede ser letra muerta para los miles de colombianos refugiados que esperan de nosotros, sus compatriotas, y no solo de las autoridades, que los veamos como algo más que simples titulares de prensa. Tampoco podemos echarlos en el olvido en razón a las gestiones diplomáticas del gobierno para gestionar la futuro reapertura de la frontera.

No se si el corto espacio me permite ser suficientemente convincente, pero quiero invitar a los lectores a crear una red de apoyo que de sostenibilidad a las medidas adoptadas hasta ahora por nuestras autoridades y que haga seguimiento a estos refugiados, apoyándolos en su plena reinserción en nuestra sociedad; todos podemos colaborar: docentes como yo, empresarios grandes, medianos y pequeños, padres de familia, medios de comunicación, gremios, sindicatos, las iglesias, universidades y los institutos técnicos. Nadie debería quedarse por fuera.

Propongo una especie sui generis de alianza público-privada, una APP social, para que entre todos hagamos realidad el postulado constitucional gestionando la coordinación de iniciativas y esfuerzos de uno y otro sector de nuestra nación. Usemos las TIC para crear aplicaciones que permitan identificar y canalizar las ideas que nos surjan o apoyar las que están en curso. En días pasados algunos medios de comunicación informaron acerca de una enfermera en Cúcuta que acogió a 19 refugiados en su casa. Podemos encontrar el modo de replicar este tipo de iniciativas y aunar esfuerzos para apoyar a quienes abran sus puertas; estas y muchas iniciativas más, algunas definitivamente más sostenibles que otras.

Me asiste la convicción que no solo podremos ayudar a nuestros refugiados a reconstruir sus vidas, sus sueños, sus aspiraciones, sino que aprenderemos a robustecer nuestra capacidad para enfrentar cualquier tipo de situaciones y emergencias que en adelante pongan en cuestión la vida y el futuro de nuestros compatriotas. Las universidades pueden convertirse en el reservorio que contribuya a almacenar la memoria del proceso que llevemos a cabo. No nos quepa la menor duda que todo aquello que hagamos ahora por ellos será de gran utilidad para otros más adelante. Por dónde exactamente empezar, es algo que tendremos que definir quienes decidamos asumir un compromiso frente a este problema. No dejemos pasar más tiempo.

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