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Lilian Mariño Espinosa - lmarino@larepublica.com.co sábado, 12 de noviembre de 2016

Sobre esto hablaba Hans Kelsen con la reconocida teoría de la norma fundamental y trataba la primacía de la Constitución y la sujeción de los ciudadanos. Pero ¿por qué me refiero a este punto? Simple: la democracia se ha convertido en el corazón de las leyes en EE.UU., un país que se muestra como estandarte de la democracia moderna al mejor estilo de “El Federalista” de Hamilton y Madison. 

Hoy, con la llegada a la casa blanca de Donald Trump, por primera vez en años se habla del ascenso del populismo, en un país que se consideraba ajeno a estas prácticas y libre de las asimetrías que se evidencian en ‘democracias menos fuertes’ como las de Sudamérica. El populismo, con todos sus males, suele traer concentración de poderes, desapego a la ley, vulneración de las minorías y desconocimiento del catálogo de derechos. 

Siendo así, y reconociendo que Trump llegó como una avalancha mediática, faltará analizar si este nuevo populista, representante de las mayorías, no concentrará los poderes en la madre de las democracias; basado en los postulados de “El Federalista”. Y lo cierto es que si la democracia es el corazón de EE.UU., puede ser que ella misma haya portado el germen de su propia destrucción. 

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