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Felipe Cárdenas Sábado, 14 de diciembre de 2013

La sanción que actualmente recae sobre el Alcalde Mayor de Bogotá, por parte de la Procuraduría General de la Nación, es el pretexto perfecto para analizar los rostros ideológicos de Gustavo Petro, un político que ahora quiere pasar por mártir, y de quienes lo acompañan en su titánica labor en el segundo cargo político más importante del país. 

Para empezar, hay que destacar la delgada cornisa sobre la cual están caminando algunos medios de comunicación cuando hacen un cubrimiento periodístico de esta coyuntura, puesto que la sanción de la Procuraduría puede erigir al actual burgomaestre de Bogotá como un héroe y, en ese sentido, los comunicadores deben tener cuidado de no incurrir en tal juego.

De otro lado, se puede mencionar que el centro del escenario político de esta situación, es el apoyo masivo de miles de manifestantes a la consigna de Gustavo Petro, lo que evidencia la tremenda ignorancia de miles de colombianos que, ante este momento de impacto y efervescencia, se convierten en votos y personas manipulables. Ante eso, el Alcalde sabe cómo obtener el mayor rédito de la situación, la misma que ya se ha repetido y que la historia mundial corroborará muy bien.

Y en ese orden de ideas, de ese apasionamiento político parecen haberse contagiado algunos funcionarios públicos como el Minjusticia y el Mintrabajo, quienes ya han manifestado su apoyo a la consigna en favor del mandatario de los bogotanos. Ese modo de actuar no sólo demuestra el sentimentalismo ingenuo de estos jefes de carteras, sino que genera un preocupante panorama de fragmentación política al interior del Estado colombiano ya que, como contraparte, la Procuraduría tardó un año investigando los hechos para originar un argumento jurídico que determinara al comportamiento de Petro como una conducta hecha con “dolo gravísimo”, que ante toda situación resultan ser palabras mayores.

Un pasado bajo sombra
El lector no debe olvidar que la mejor descripción del anclaje ideológico de Gustavo Petro es la que se refiere a una anarquía aburguesada que está caracterizada por la negación de todos los valores y principios conquistados por el hombre. Quizás esta conducta le haya servido igualmente para convertirse en un mandatario distrital con problemas mucho más graves que el de las basuras, inclusive, pues se dedicó a no responder los derechos de petición (para mayor información consultar: http://polyticas.wordpress.com/2013/10/01/el-consumo-de-cannabis-y-el-alcalde-petro-derecho-de-peticion-nunca-respondido/).

El exjefe del Palacio de Liévano viene de un movimiento, el M-19 que, en su base histórica, apoyó al único dictador que tuvo Colombia en el siglo XX, el general Gustavo Rojas Pinilla. Por lo tanto, su pasado también está auscultado con antecedentes autoritarios, los mismos que años después canalizaría en su transformación como guerrillero. Palabras más, palabras menos, su alma no es la de un revolucionario, pues opera como subversivo.

Además, el credo ideológico de Petro tiene vestigios de una proximidad marcada hacia el autoritarismo y el totalitarismo, ya que no en vano su pupilo García Peña mencionó hace poco más de un año que el destituido Alcalde era un ser autoritario. 

Esas condiciones de robustecimiento político hicieron que el bestialismo se instituyera como política de ciudad, bajo el juego de los Derechos Humanos. El efecto de ello es que Gustavo Petro hubiese sido entronizado como Dios, proclamado por él mismo, ante miles de inertes bogotanos. Y en esa madeja de sentimientos políticos, se dio el terreno fértil para que hubiese una manipulación hacia los deseos de lo inhumano o anti-humano, por lo cual el eslogan de la “Bogotá Humana”, en la ideología de “género” de Petro, convirtió a la capital de la República en una ciudad al servicio de los deseos morales de la consigna: “todo es permitido”.

Y para completar este magro ambiente, hay que hablar de la actitud adoptada por intelectuales y científicos colombianos. Todos ellos -de manera increíblemente descontextualizada- se han dedicado a criticar al procurador Ordóñez por expresar sus creencias religiosas. Olvidan estos intelectuales una lección elemental de la formación política y ciudadana y es que Colombia es un Estado Social de Derecho y que, en materia de creencias religiosas, el Art. 19 de la Constitución dice: “Se garantiza la libertad de cultos. Toda persona tiene derecho a profesar libremente su religión y difundirla en forma individual o colectiva. Todas las confesiones religiosas e iglesias son igualmente libres ante la ley.”

Por todo lo anterior, el futuro de Bogotá es más que incierto, pues ¿qué valores o principios democráticos defiende Petro, al retar y desafiar al Estado colombiano? Simplemente ningún valor. Por ello es difícil prever qué será de Petro, aunque sería una apuesta tonta unir nuestro destino al suyo que, bajo otras condiciones históricas, bien se hubiera podido haber convertido en un dictadorzuelo.

Ahora, un noble gesto Petrista sería que él se hiciera a un lado y asuma su destino, aceptando el juego democrático, aprendiendo a defenderse con altura, no manipulando y convirtiendo a los suyos -y a los no tan suyos- en una inmensa turba. 

Mucho ojo con este tipo y sus evangelios de la violencia. Me quedo con el Procurador y sus misas tridentinas, que poco daño hacen.