Agregue a sus temas de interés

Agregue a sus temas de interés Cerrar

viernes, 20 de septiembre de 2013

No es casualidad que seamos el país más feliz del mundo; en este golpeado territorio también hay tiempo para reír. Desde la nominación a Gustavo Petro como mejor Alcalde de Iberoamérica, pasando por un candidato presidencial vestido de torero o incluso de zanahoria, o una precandidata confundiendo el himno de su departamento con el de su país, sin mencionar los pasos memorables de deportistas, lustrabotas o actrices por nuestra rama legislativa; Colombia ha visto de todo en su historia, pero más que risas, también ha visto desaciertos y negligencias, las que hoy nos posicionan como el país más feliz, no por nuestra risa, sino por la locura inexplicable de algunos de nuestros sucesos.

No es un secreto que el Gobierno Nacional ha tenido que asumir en estos últimos meses, la mayor carga laboral de su cuatrienio; paros de maestros, agrarios, de transporte y de minas, han sido un claro dolor de cabeza para las intenciones releccionistas de una administración que poco a poco ha tenido que sortear estos temas con algunas respuestas improvisadas, que en el marco de los acontecimientos han servido para dispersar los incendios, mientras se intentan apagar los que mayor impacto negativo tienen para los fines propios del alargue gubernamental.
 
Nuestro país, a pesar de los chistes de su historia, se ha posicionado como un Estado en crecimiento, que a pesar de sus problemáticas heredadas intenta corregir su trayectoria y gracias a esto es reconocido internacionalmente como un país en vía de desarrollo, con innovación, con políticas comerciales estables e impulsos notables en varios sectores de su economía; pero, ¿por qué a pesar de todos sus esfuerzos, aún no sale del todo a flote?
 
En Colombia se nos corrió la teja, en Colombia se nos olvidó que lo más importante, más allá de la búsqueda de la reelección de políticas de un gobierno, está la necesidad fundamental de la gente, la necesidad simple del derecho constitucional y fundamental a la vida. Más allá de los evidentes problemas que tenemos en el agro, en la educación, en la salud, en el transporte, en la seguridad y con el ambiente, el Gobierno nacional está en la obligación de oír a todos los colombianos de sus necesidades más simples, que aunque menos importantes para muchos, han dejado a centenares de familias sin sus seres queridos de una forma repentina, silenciosa y casi indolente.
 
Pese a que toda la Unión Europea, países industrializados del primer mundo, incluso algunos en desarrollo como Argentina, Chile, Uruguay y recientemente Perú, han enfilado todos sus esfuerzos para erradicar el asbesto en todas sus presentaciones, porque mata a más de 110 mil personas anualmente y las diferentes alarmas como las de la Organización Mundial de la Salud que indican que más de 125 millones de personas están expuestas a esta fibra mortal que hace presencia en algunas cañerías de vapor, calderas, conductos para hornos, cartón grueso, materiales para insonorizar o decorar, compuestos para resanado y empalme (construcción), pinturas con textura, techos, tejas y enchapes, adhesivos para instalar baldosas y pastillas de frenos para carros, entre otros; en Colombia aún no hemos dimensionado la problemática que este elemento tiene en nuestra salud, el cual de forma silenciosa e incluso sin saberlo, puede estarse colando en nuestro cuerpo irreversiblemente para quitarnos la vida sin piedad en menos de un respiro.
 
Posiblemente para el Gobierno y algunas autoridades como la Comisión del Asbesto, creada por el Ministerio de Trabajo, única y exclusivamente para ver cómo fomentan el “uso seguro” de esta fibra, ésta problemática no tenga la dimensión coyuntural de los últimos meses; factiblemente para organizaciones que reúnen a todas las empresas promotoras de este elemento y que casualmente en su doble moral también exportan sus productos sin asbesto, Colombia es un mercado fácil y tonto debido a su ignorancia e indolencia; y probablemente para algunos de sus dirigentes y sus 13 seguidores en Twitter, las diferentes campañas que se adelantan a favor de la prohibición de este mineral en el mundo, están cargadas de otros intereses. 
 
Lo cierto es que aquí hay cerca de 250 víctimas al año por el contacto con este mineral, el cual en los últimos días y sin importarle a los que producen, defienden y justifican el uso de este material, le arrebató la vida a otro colombiano que sin quererlo ni saberlo, lo único que hizo fue respirar. 
 
En Italia los responsables de envenenar a miles de personas van a la cárcel; en Colombia, definitivamente se nos corrió la teja.