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OPINIÓN

La inteligencia artificial y el retorno de la duda metódica

26 de junio de 2026

Gabriel Sánchez

Socio en Posse Herrera Ruiz
Canal de noticias de Asuntos Legales

Cada generación de abogados ha vivido su propia revolución tecnológica. El salto de la correspondencia física al correo electrónico todavía se recuerda con asombro entre nuestros mayores. Las bibliotecas digitales transformaron para siempre la forma de investigar. Los motores de búsqueda jurídicos y las bases de datos inteligentes pusieron décadas de precedentes y modelos al alcance de unos pocos clics. Hoy, la conversación gira en torno a la inteligencia artificial generativa, una herramienta capaz de condensar en segundos tareas que antes exigían horas de trabajo.

Como suele ocurrir con toda innovación disruptiva, buena parte del debate se ha centrado en una pregunta llamativa, pero probablemente irrelevante: ¿reemplazará la inteligencia artificial a los abogados?

Una pregunta más significativa sería: ¿qué le exige la inteligencia artificial al abogado?

La respuesta es paradójica. Mientras más capaces se vuelven las herramientas, más exigente se vuelve la profesión. La IA no reduce la necesidad de criterio, juicio profesional o responsabilidad; por el contrario, los vuelve más valiosos.

El valor de la asesoría jurídica no reside en localizar una norma o identificar una sentencia, sino en comprender su significado, evaluar sus implicaciones, distinguir lo relevante de lo accesorio y orientar la toma de decisiones en escenarios de incertidumbre. En últimas, el valor del abogado radica en su capacidad de juzgar.

Por eso resulta interesante observar que una parte importante de la tradición jurídica moderna comparte una afinidad epistemológica con el pensamiento cartesiano. La duda metódica propuesta por Descartes no constituía una invitación al escepticismo permanente, sino un método orientado a someter las creencias a examen para distinguir entre aquello que solo aparenta ser verdadero y aquello que puede sostenerse racionalmente como tal. Desde esta perspectiva, la confianza no surge de la mera apariencia ni de la aceptación acrítica, sino de la posibilidad de contrastar, justificar y someter las afirmaciones a un escrutinio riguroso. En ambos casos, la legitimidad de una conclusión depende menos de la autoridad con que se presenta que de la solidez de las razones que la sustentan.

La práctica jurídica opera bajo una premisa similar. Un abogado no debería aceptar una fuente porque resulte convincente ni adoptar una conclusión porque esté elegantemente formulada. Su deber consiste en contrastar, verificar y poner a prueba sus propias hipótesis. La duda no es un obstáculo para el buen ejercicio profesional; es una de sus principales herramientas.

La IA puede resumir cientos de páginas, comparar contratos complejos, identificar tendencias jurisprudenciales y elaborar borradores sofisticados en cuestión de segundos. Esa capacidad extraordinaria tiene una consecuencia inevitable: aumenta exponencialmente la cantidad de información que debe revisarse. En este contexto, la diferencia entre una respuesta correcta y una simplemente convincente adquiere una importancia decisiva.

Hace apenas unas semanas, el Consejo de Estado ofreció una ilustración elocuente de esta realidad. En una providencia ampliamente comentada, rechazó un recurso extraordinario sustentado en precedentes judiciales que simplemente no existían. Más allá del caso concreto, rescato una reflexión que acompañó la decisión: ninguna herramienta tecnológica releva a jueces o abogados de la obligación de verificar sus fuentes y responder por aquello que presentan ante la administración de justicia. La tecnología puede asistir; la responsabilidad sigue siendo del operador jurídico humano.

Esa conclusión conecta con una historia célebre del mundo empresarial que el colega Santiago Vélez (@santiagovelez85) recordó en X con ocasión de la alucinación admitida y oportunamente corregida hace unas semanas por Sullivan & Cromwell. Durante años se creyó que Van Halen exigía un recipiente de M&M's sin dulces de color café por puro capricho. La realidad era mucho más interesante. La cláusula aparecía enterrada entre cientos de especificaciones técnicas relacionadas con la seguridad, la infraestructura y la logística. Si los M&M's cafés aparecían en el camerino, la banda sabía que alguien no había leído el contrato con atención. Y si había pasado por alto ese detalle, probablemente también había ignorado requisitos mucho más importantes. Los M&M's cafés no eran una extravagancia. Eran un mecanismo de control de calidad.

La inteligencia artificial está creando miles de nuevos M&M's cafés en la práctica jurídica. Cada cita, cada referencia normativa, cada resumen jurisprudencial y cada conclusión sugerida por una máquina constituyen oportunidades para verificar. Cuando el rigor desaparece, los M&M's terminan apareciendo donde más duele: frente al cliente, frente a la contraparte o frente al juez.

Existe otra exigencia, menos evidente pero igualmente importante: la calidad de las respuestas depende de la calidad de las preguntas. En el mundo de la tecnología existe una máxima conocida: “garbage in, garbage out”. Si los datos de entrada son deficientes, el resultado también lo será. La inteligencia artificial no escapa a esa regla. Un sistema puede ser extraordinariamente sofisticado y, aun así, producir respuestas irrelevantes, incompletas o equivocadas cuando recibe información deficiente, instrucciones ambiguas o un planteamiento incorrecto del problema.

Ahí aparece una segunda función inherentemente humana. El derecho no es una disciplina de respuestas automáticas; es, ante todo, una disciplina de buenas preguntas. Una parte sustancial del trabajo del abogado consiste en identificar cuál es realmente el problema jurídico, cuáles hechos son relevantes, cuáles deben descartarse, qué contexto resulta determinante y qué riesgos merecen atención. Antes de que exista una respuesta útil, alguien debe formular correctamente la pregunta.

La inteligencia artificial puede analizar miles de documentos en segundos. Lo que no puede hacer con la misma solvencia es sustituir el juicio necesario para decidir qué documentos importan, qué información debe incorporarse al análisis o qué hipótesis merece ser explorada.

Por eso el avance de estas tecnologías está produciendo un efecto paradójico. Mientras algunas tareas mecánicas pierden relevancia, aumentan de valor aquellas capacidades que tradicionalmente han distinguido a los mejores abogados: formular las preguntas correctas, identificar los hechos decisivos, separar lo importante de lo accesorio y ejercer criterio bajo incertidumbre. La inteligencia artificial exige más verificación, pero también exige mejor juicio.

Tampoco debería preocupar que los clientes tengan acceso a estas herramientas. Al contrario. La democratización del acceso a la información está ayudando a revelar con mayor claridad dónde reside realmente el valor de nuestra profesión. No está en producir más texto, redactar más rápido ni encontrar más información. Está en el ejercicio de criterio sobre aquello que otros —humanos o máquinas— producen.

Cuando todos tienen acceso a respuestas, la verdadera ventaja competitiva consiste en distinguir cuáles son correctas, cuáles son incompletas, cuáles son incompatibles con el contexto del cliente, cuáles son imprácticas y cuáles, pese a su apariencia de sofisticación, conducen directamente al error.

La inteligencia artificial seguirá mejorando. Los modelos serán más rápidos, más precisos y más poderosos. Pero hay una lección que permanece inalterada desde Descartes hasta nuestros días: ninguna herramienta sustituye el deber de dudar. A esa lección debe añadirse otra, igualmente importante: ninguna herramienta sustituye el criterio necesario para formular el problema correcto.

La IA puede acelerar el trabajo del abogado, ampliar el alcance del análisis y aumentar la productividad de los equipos legales. Lo que no puede hacer es asumir la responsabilidad intelectual de verificar ni reemplazar el juicio profesional que define qué debe preguntarse, con qué información y para qué propósito. Esas tareas siguen siendo humanas. Precisamente por eso, la inteligencia artificial no exige menos abogados sino mejores abogados.

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