Sábado, 6 de mayo de 2017

La jurisprudencia, en su sentido más estricto de “decir el derecho”, ha sido una labor que no solo para los romanos reviste una solemnidad y decoro especiales. En sistemas de jurídicos ajenos a la tradición romano germana también se reconoce esta dignidad incluso a través de símbolos: togas, pelucas y demás.

En Colombia, la función judicial parece no gozar de la dignidad con la que nació en Roma y que se mantuvo en otros países. Como sociedad no tenemos respeto por las instituciones jurídicas ni valoramos a sus operadores. Seguramente encontraremos infinidad de razones para que una labor de tanta importancia resulte tan indiferente y poco relevante para tantos o peor aún esté desprestigiada. Jueces falsos que en las Salas de Audiencia del Complejo Judicial de la Alpujarra simulaban diligencias de remate para defraudar a particulares, jueces reales que al finalizar una audiencia arremeten contra la parte que en ejercicio de su derecho de defensa apeló su decisión o la casi insuperable mora judicial refuerzan la idea general de la ineficacia del sistema judicial y sus funcionarios.

Es lamentable que situaciones que honestamente creo excepcionales, sean noticia nacional casi como si se tratara de la regla general. En mi ejercicio profesional me he topado con jueces serios, estudiosos que ejercen su cargo con la seriedad, dignidad y compromiso que requiere la administración de justicia. He conocido jueces que a pesar de los problemas presupuestales de la Rama Judicial han cubierto con sus propios recursos las necesidades de sus despachos comprando papel, tinta e incluso llevando sus impresoras personales para poder emitir sus providencias sin excusarse en la falta de recursos para retrasar sus decisiones.

¿Qué será lo que nos falta como sociedad para entender la dignidad de la función judicial? ¿Acaso la sanción social (por no hablar de la disciplinaria) que recae sobre los pocos jueces que con sus imprudencias han desfilado por las primeras planas de las noticias no es suficiente para que entendamos que la administración de justicia es un oficio digno de respeto y reconocimiento? 

La semana pasada, por ejemplo, fueron elegidos dos magistrados para la Corte Constitucional. En la audiencia pública donde cada uno de los candidatos a la magistratura constitucional se dirigió a la plenaria del Senado encargado de su elección, hubo momentos en los que el bullicio y falta de atención de los asistentes obligó a que se pidiera que guardaran silencio. Se trataba de escuchar a los candidatos a una de las Altas Cortes, a la Corte guardiana de la Constitución. 

No hubo respeto. 

Tal vez, tratándose de la función judicial vale la pena que miremos el bosque y no los pocos árboles torcidos bajo los reflectores. Necesitamos tener confianza, exigir respeto por la función judicial, y enaltecer una labor cuyo fin no es otro que impartir justicia. Devolvámosle a los jueces la potestas y auctoritas que los romanos les atribuyeron.