Martes, 5 de junio de 2018

La semana pasada toda Colombia tembló. Unos dirán que por miedo ante un futuro incierto ante los resultados de las últimas elecciones: elegir entre quienes parecen ser los abanderados de la extrema derecha y quienes enarbolan, por lo menos en la teoría, las banderas de la izquierda.
Pero la más absoluta verdad es que tembló (y de verdad con una magnitud de 4.1 y 5.7) el 29 y 30 de mayo de 2018, cuando todos los muertos de la violencia bipartidista del país empezaron a revolcarse en sus tumbas. No es para menos, por primera vez en la historia de esta joven democracia los eternos antagónicos de la política nacional se cobijaron bajo la misma sombrilla: la Candidatura de Iván Duque.
Para algunos esto puede ser un indicador de que ante un mal peor (¿?) debemos unirnos, todos, sin importar nuestras posiciones ideológicas y filosóficas. Al fin y al cabo, la unión hace la fuerza y eso quedó demostrado cuando en 1945 Stalin, Roosevelt y Churchill se aliaron en contra de Hitler. Pero ¿quiénes serían nuestra versión colombiana del “el eje del mal”? ¿quiénes, en cambio, serían nuestros “Aliados”? ¿vale la pena la comparación? ¿no nos estaremos sobreactuando?

De lo que sí no me cabe duda es que mi trapo rojo está compitiendo con la bayetilla más vieja y usada de cualquier taller de mecánica: sucio y desgastado. El Partido del que era orgullosa militante me hace sentir vergüenza, he perdido mi seguridad ontológica. De alguna manera ser liberal me definía: liberal de pensamiento, de ideas, respetuosa de las diferencias, defensora de las libertades individuales, de la libertad de cultos, del estado laico, de la social democracia, etc.

Desde el 29 de mayo de 2018, cuando César Gaviria Trujillo (se merece ser nombrado con su nombre completo) traicionó los principios fundacionales del liberalismo, ese que heredó coyunturalmente y no necesariamente por méritos, y manifestó sin que le temblara la voz que el Partido Liberal unía sus esfuerzos al Partido Centro Democrático para apoyar la candidatura de Iván Duque. El problema no es, el apoyo a un candidato de un partido distinto, tampoco es per se el apoyo a Iván Duque. Las tumbas de este país se revolcaron porque contrario a lo que desde 1849 hemos creído y defendido los liberales, hoy nos unimos y aceptamos las ideas más contrarias a nuestro ideario: el más profundo conservatismo.

Cuantas excomuniones hubo a liberales durante el siglo pasado en las filas Liberales para que hoy, ignorando el pasado, estemos como colectividad guardándonos con Conservadores tan extremos como Alejandro Ordoñez, quien, en su paso por la Procuraduría, se saltó esa tonta y liberal idea del Estado Laico, poniendo altares e imágenes religiosas en un edificio público, en un país pluralista, con libertad de cultos.

Cuantas guerras civiles hubo, en las que nuestros muertos Liberales defendieron a ultranza la idea de un Estado de Derecho, con tridivisión de poderes e independencia en la justicia; pero hoy, por razones de conveniencia estamos los Liberales, junto a quien afectó y desestabilizó el equilibrio institucional y atentó contra la independencia del poder judicial.

No puedo dejar de sentirme Liberal, así, con mayúscula, pero si puedo declararme por primera vez en desobediencia partidista. Como cuando el subordinado desobedece a su superior ante una orden manifiestamente ilegal.
Colombia está temblando, pero es por los muertos que se revuelcan en sus tumbas por cuenta de Cesar Gaviria Trujillo que traicionó un ideal y por lo que pasará a la historia como aquel que escupió en la cara a Santander, Mosquera, Uribe Uribe y a Luis Carlos Galán, por mencionar algunos.